dimecres, 29 d’abril de 2009

El semáforo

Era de lo más curioso. Me fascinaba la capacidad de aquel semáforo para pasar desapercibido, estando como estaba, al principio de una curva con poca visibilidad y con doble sentido de la circulación.
Yo pasaba por ese punto cada día con mi bicicleta, y, siempre que había gente preparada para cruzar la calle, me tocaba esperarme a que los peatones pasasen, aunque tuvieran el semáforo en rojo. Se daba el caso de llegar a cruzar en rojo un grupo de más de diez personas a la vez, cada una sintiéndose segura dentro de la multitud, sin ni tan siquiera prestar atención a la posibilidad de que se acercara algún vehículo al que pudieran estar interceptando su correcto paso.
 Es curioso como los humanos no solemos preocuparnos del peligro cuando estamos en grupo y vemos que el resto del rebaño se comporta igual que nosotros. Sin embargo, si, de repente, observamos que algún individuo del grupo se alarma, instantaneamente se nos contagia ese estado de alerta, que puede llevar a un estado de pánico colectivo. Se me antoja como un comportamiento completamente irracional, instintivo . Esas sensaciones de protección y alarma dentro del grupo son característicos de las manadas y rebaños. Mientras el conjunto esté tranquilo, los individuos se sentirán protegidos, pero en el caso que uno solo de estos individuos se ponga en estado de alerta repentino, el conjunto en sí, reaccionará en el mismo sentido, buscando ansiosamente el factor de peligro invisible hasta el momento.
Quizás por ello, cuando pasaba por ese semáforo, lo que veía no eran personas, sino rebaños de ovejas, las cuales han evolucionado mucho menos de lo que ellas piensan, cruzando el semáforo cuando el resto lo hacen, sin prestar atención a las señales; para ellos es mucho más importante seguir el comportamiento del grupo que pensar por sí mismos. Supongo que lo que sucede con este semáforo podría ser extrapolable a muchas situaciones del día a día
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