dimarts, 28 de maig de 2013

Homophobya


Queremos defender absolutamente la ley de la familia y la filiación, porque un niño es el resultado único de la unión entre un hombre y una mujer.
Hay que defender las cosas normales y no normalizar las que están fuera del circuito y son un poco contra natura».
 




Pedro leía estas frases mientras apuraba su café. Las palabras de una ciudadana francesa que este domingo había salido a la calle para participar en una manifestación contra el matrimonio homosexual y contra la posibilidad de adopción de menores por parte de estas parejas.

Hay que defender las cosas normales…Pedro pensaba en voz alta. Su mujer, sentada al lado y leyendo también la prensa, le miró de reojo. ¿Qué cosas normales?, dijo.

- ¿Qué es normal? – preguntó Pedro a su vez.
- No hay nada normal.
- ¿No somos nosotros normales? – rebatió Pedro.
- ¿Tú, normal?, ¿quieres que te recuerde algunas de tus extravagancias?
- Bueno, vale. Quizás nosotros no somos un buen ejemplo. Pero los vecinos…
- ¿Quiénes? ¿Eva y Roberto?, ella se cepilla a un compañero de trabajo y él está liado con una de sus clientes más fieles. Su hijo cena sólo cada día y lo he visto ir a comprar llevando una lista de la compra que tiene pinta de haber redactado él mismo.
- ¿Y qué me dices de los vecinos de Eva y Roberto?
- ¿Los Martínez? Sí, un ejemplo de familia cristiana y recta.
- ¿Lo ves?
- Sí, el ejemplo de la típica familia cristiana y recta en la que el marido pega palizas día sí, día también a su mujer y a sus hijos. Cualquier día saldrán en la página de sucesos, cuando uno de ellos se rebele y le pague con su propia moneda. Espera que el niño crezca y lo verás.
- Pues los Piqueras, eso sí que es una familia unida.
- Sí, gracias a que el marido está siempre fuera, viajando. Sólo piensa en el trabajo y se olvida de toda la familia. Si a eso le llamas familia unida..
- ¡Los Gomà!
- La mujer va siempre ebria y se gasta el dinero que le sobra en las tragaperras.
- Entonces, ¿no hay nadie en el vecindario que sea normal?
- Sí, Julián y Alberto.
- ¡Pero si son maricones!
- Son los más educados, los más pacíficos, no se meten con nadie y siempre están dispuestos a ayudar.
- Sí, es verdad. Yo nunca les pido nada por si acaso me hacen pagar en especias.
- Tú eres tan gilipollas como el resto de machotes del vecindario. Si yo me volviera a casar creo que preferiría a un gay antes que a un machote como tú.
- Pues no tendrías sexo.
- Para el que me das tú…
- Entonces, ¿tú estás a favor de los matrimonios de parejas homosexuales?
- A mí no me importa lo que hagan y no creo que a ningún hetero le tenga que importar. Los que se manifiestan para recortar las libertades de otras personas no merecen mi respeto. No son más que fanáticos.
- ¿Y el tema de los hijos? ¿Tú ves bien que puedan adoptar?
- No serán peores padres, eso seguro. Habrá de todo, como hay ahora.
- ¿Y los problemas que tendrán en clase?
- Serán los problemas que provoquen los fanáticos, los que sólo se preocupan en crucificar al que es diferente de ellos. Si no hubiera fanáticos intolerantes estos niños no tendrían problemas.

Pedro se quedó absorto, digiriendo las palabras de su mujer. Quizás tuviera razón. Mejor pasar a la sección de deportes que de eso sí que no tiene ni pajotera idea. 

dijous, 23 de maig de 2013

La final del gafe



Jupp Heynckes salió de su despacho y se dirigió hacia su coche. En sus manos llevaba una caja de cartón repleta de dvds y dossiers, toda la información que habían podido recopilar sus ayudantes sobre el Borussia de Dortmund.
El nombre Borussia significaba mucho para él. Casi toda su carrera futbolística la pasó en el club de su ciudad, el Borussia de  Mönchengladbach hace ya muchos años. Fueron los años dorados de los “Fohlenelf”, los setenta, con Allan Simonsen, Bonhoff y él mismo. Pocos recuerdan ya aquellos años, también son pocos los aficionados que saben el origen del nombre Borussia, la denominación latina de Prusia. Tanto el Mönchengladbach como el Dortmund comparten este nombre, casualidades. Y en medio, el Bayern München, el Baviera, el club que ahora defiende desde el banquillo.
Este sábado puede hacer historia con este club y convertirse en el entrenador que ganó la quinta Orejona para el club bávaro. ¿Será la misma sensación que tuvo ya cuando ganó la séptima del Real Madrid? Después de aquella copa de Europa le despidieron del club, ahora es él quien ha dicho que no quiere seguir, está cansado. Pero sería tan bonito irse con el triplete…

Jupp se mete en el coche pensando en todo esto, ya ha puesto en marcha el motor cuando se da cuenta que hay un papel en el limpiaparabrisas de su BMW. Sale del coche y lo recoge. No es ningún anuncio, es un folio blanco doblado cuidadosamente. Jupp lo desdobla y lee lo que hay escrito en letras mayúsculas:

NO PONGAS A ROBBEN.

“ ¡Otro tarado que cree en gafes! Este es el primero que me deja un papelito, los otros lo han hecho con llamadas de teléfono, cartas en periódicos, todos con el mismo mensaje: no pongas al gafe.
No les falta razón, Arjen Robben es uno de los mejores jugadores de los que dispongo, un crack mundial, pero…no ha ganado ninguna final importante: dos finales de copa de europa, una de mundial, otra de copa alemana. No sabe lo que es ganar una final desde sus tiempos en el Chelsea hace ya unos cuantos años. Desde luego, si este sábado se pierde la tercera final consecutiva de Champions League habrá que pensar que realmente es gafe. De todas formas no voy a dejarlo en el banquillo, jugará de titular, porque también el destino está a mi favor: en los últimos seis años, quien gana al Barça gana el título, en cualquier competición. Manchester United, Inter Milan, Chelsea contra pronóstico, Valencia y Sevilla en copa, Madrid en copa otras dos oca…¡oh, no!, este año el Madrid eliminó al Barça en la copa y luego perdió la final con tres tiros al palo...¡Este año se ha roto esa máxima!

Da igual, jugará Robben porque somos mucho mejores que el Borussia, somos los mejores de Europa, que digo de Europa, ¡los mejores del mundo!
Aunque, mira lo que le pasó al Benfica, y nosotros hemos perdido cinco de las últimas seis finales de copa de Europa que hemos jugado: Aston Villa, Oporto, Manchester, Inter y Chelsea, siempre yendo de favoritos, varias veces con ventaja en el marcador. La única que ganamos fue a los penaltis y gracias a que el equipo contrario, el Valencia, tenía como entrenador a uno de los mayores cenizos de la historia del fútbol: Héctor Cúper. ¿Tendrá el Borussia algún gafe? Tengo que revisar los videos y los dossiers pero no me suena.
¿Pero cómo voy a sentar a Robben en el banquillo? Si lo hago y luego pierdo me criticarán por dejar fuera a uno de nuestros mejores jugadores; si sale a jugar y perdemos también me criticarán por ponerlo sabiendo que es gafe. 

¿Sabes qué? Para lo que me queda en el covento…¡que juegue Robben y yo apostaré en bwin por el Borussia!"

dilluns, 20 de maig de 2013

A puerta fría


Otro día en este trabajo de mierda. 
Otra escalera de mierda con vecinos de mierda. Lo más seguro es que esté lleno de viejas sordas que ni se enteren de que suena el timbre. Y las que sean medio sordas me mirarán por la mirilla sin decir nada, o peor, gritando “quién es” y me tendrán diez minutos explicándoles quién soy hasta que se enteren y digan “no, no quiero nada, y la vecina de al lado tampoco, que es sorda”. Suerte que de vez en cuando algún pringado que no se entera de nada me abre como quien abre la nevera y cuando se da cuenta “¡Zas!”, contrato firmado. A ver si hay suerte con estos cabrones.
Lo primero de todo es estar atento y esperar disimuladamente a que alguien entre o salga del edificio. La experiencia me ha enseñado que si utilizo el interfono pongo en alerta a la gente y luego no me van a querer abrir la puerta de su casa. Es mejor llamar a la puerta directamente, que de la sensación de que tengo permiso para merodear por el edificio. Me quedo a un par de metros de la puerta, con la libreta en la mano, simulando que apunto algo. 
Sale una chica, ¡perfecto!, aprovecho a entrar, serio, sin mirar a la chica, no le doy ni las gracias, ha de parecer que reboso confianza. Cojo el ascensor y subo arriba de todo, desde allí iré bajando planta por planta.
Llego arriba de todo, dos viviendas. Pico el timbre de una de ellas, dos, tres veces seguidas. Además, para presionar un poquito, golpeo con los nudillos en la puerta “toc toc toc”, que se den prisa que uno tiene mucha faena por delante. Nadie contesta. Vuelvo a picar el timbre un par de veces y a golpear con los nudillos, “El gaaaas”. Ni puto caso. La tele está a tope, oigo a la Terelu Campos claramente. La vieja sorda como una tapia vive en este piso. Más vale que pase al siguiente.
Riiing, Riiiing, Toc, toc, toc. También se oye la tele, pero el sonido queda casi tapado por completo por la voz de la Terelu que sale de tele de la sorda. Oigo unos pasos, se paran delante de la puerta, noto como me miran por la mirilla. No dicen nada. La desconfiada. Vuelvo a llamar al timbre, esto las pone muy nerviosas, Riing, Riiing, y un par de Toc Toc más. Miro descaradamente a la mirilla, “El gaaaaas”.
- ¿Qué quiere? – es la voz de un hombre, vaya, me había equivocado.
- El gas, abra la puerta por favor. – le planto en la mirilla mi carnet de pega que me han hecho en la oficina y que tiene menos valor que si enseñara el carnet del Carrefour.
- Yo ya les di la lectura del contador.
- Sí, lo sabemos – ni lo sé ni me importa-. Venimos a hacerle el plan de ahorro.
- Ya, pero es que ya les di la lectura.
- No es por la lectura, necesito una factura suya para hacerle el plan de ahorro.
- ¿Para qué quiere una factura?
- Para hacerle el plan de ahorro. Abra, por favor.
- ¿Y no tienen ustedes mis facturas?
- Sí, pero le agilizamos la gestión si nos la proporciona usted.
- ¿Pero es usted del gas?
- Claro que soy del gas – vuelvo a plantarle el carnet encima de la mirilla, esta vez a mala hostia.
-  No quiero nada, váyase.
-  ¿Cómo que me vaya?, le voy a hacer ahorrar mucho dinero.
- No, váyase. Y no moleste a la vecina de al lado, que es una anciana sorda.

Lo dicho, vaya mierda de trabajo. Bajo por las escaleras y pico en la primera puerta que me encuentro. No llega ningún ruido. Riing Riing, Toc Toc Toc, El gaaaas, nada, ni Dios. El capullo de arriba ya me ha hecho perder mucho tiempo así que voy por faena y pico también al timbre del otro piso, y así me espero si alguno de los dos me abre. El gaaas. En ninguno de los dos pisos se oye nada, estoy a punto de irme cuando de repente oigo unas llaves tintinear, una cerradura gira y se abre la puerta del último piso en el que había picado. Se asoma la cara de una mujer en bata de unos setenta años, complexión fuerte, pelo blanco lleno de rulos y cara de bulldog.
- ¿Qué quiere?
- Soy de la compañía del gas, vengo a hacerle un plan de ahorro. Para ello necesito una factura reciente del gas. – le planto el carnet en todo el jeto y lo quito al medio segundo, por si acaso, que parece tener buena vista.

La mujer se esfuerza por ver el carnet, luego me mira a mí con cara de mala leche. No dice nada, me da la sensación que en cualquier momento me va a escupir o a morder. De pronto se gira y sin cerrar la puerta se interna en la casa. Entiendo que es una invitación a que le siga, así que me meto en la casa, cierro la puerta con cuidado y sigo a la mujer por el estrecho pasillo de su vivienda. Parece que se dirige al comedor. Entro en la sala y veo el cuerpo de un hombre destripado en medio de la estancia. Mi mirada se queda atrapada por los ojos abiertos del cadáver. Siento como algo afilado presiona mi nuca:

- No grites, no te muevas, no hagas ninguna tontería o te mato.

Sin dejar de presionarme, la mujer se pone a buscar algo entre un montón de hojas que tiene encima de una mesa. Coge algo y me lo enseña.

- Esta es la factura que querías, ¿no?
- ¿Eh?
- ¿Que si esta es la factura que te voy a meter por el culo?
- ¿Qué quiere?, yo no he visto nada. Déjeme ir y me olvidaré del tema.
- ¿De qué tema, imbécil?
- Del cadáver.
- ¿Qué sabes tú del cadáver?
- Nada.
- Pues yo te diré algo de él. Era un puto vendedor que hace un par de meses me timó. El hijo puta se volvió a presentar aquí para volver a timarme. Se ve que se había cambiado de empresa y ahora me quería vender otra compañía telefónica.
- Yo soy del gas.
- Tú eres otro mierda como este. Un puto timador al que le voy a dar su merecido. A éste le dije que esperase que tenía que pedirle consejo a mi hijo, jejeje. Le dejé sentarse en el sillón y me muy fácil cogerle por sorpresa y romperle la cabeza. Ni se enteró. Lo de sacarle los intestinos fue un ataque de mala leche que me dio. Me tenéis muy harta, panda de ladrones. Ya está bien de timar a la gente mayor, es hora de que os den vuestro merecido.
- Por favor, déjeme irme y no diré nada – noté como me meaba encima.
- Y el mes que viene vendrás otra vez a intentar timarme, ¿no?
- No, no. Le juro que no volveré nunca por aquí.

La mujer se me acerca hasta que sus labios casi tocan mi oreja izquierda. Cuando me habla, su lengua me provoca cosquillas en el oído.

- Es tu día de suerte, te voy a dejar ir. ¿Sabes por qué?, porque eres tan mierda que lo que ha pasado aquí te da igual, tú lo único que quieres es timar. ¡Vete fuera de mi casa antes de que me arrepienta! ¡Corre hijo puta!

Mis piernas no me responden, no comprenden que estoy libre hasta que me doy cuenta que el filo de la navaja que tenía detrás ya no me presiona. Sin mirar hacia atrás salgo de aquel comedor corriendo por el pasillo, abro la puerta y la cierro de un portazo. Bajo corriendo las escaleras con la idea de pedir ayuda. Llamo al timbre de las dos viviendas de esa planta, Riiing riiing, Toc toc toc, Riiing riiing, “Ayuda, ayuda, por favor”. Una de las puertas se abre.

- Necesito su ayuda por favor. Déjeme entrar, mi vida corre peligro y necesito llamar a la policía.
- Entre y tranquilícese.

El hombre me lleva hasta su comedor. Me indica donde está el teléfono, va a la cocina y viene con un vaso de agua.

- He pensado que le vendría bien.

Yo, que ya estaba llamando a la policía, cuelgo. Bebo el agua de un trago y noto que me siento mejor, ya estoy más tranquilo.

- Gracias, es usted muy amable. Y si no es abusar de su hospitalidad…si tuviera usted la última factura del gas le podría ayudar a ahorrar con nuestro plan ahorro.

dijous, 16 de maig de 2013

La maldición de Guttman

Nada más terminar la final cogieron el coche dirección a Viena, doce horas de viaje desde Amsterdam.

Llegaron cansados, hambrientos y hundidos, con el recuerdo de la derrota aún grabado en sus retinas. No descansaron, no comieron, antes que nada había que hacer aquello por lo que habían ido hasta allí. Preguntando llegaron al cementerio judío donde él estaba enterrado.
Alguien se les había adelantado y había colgado una bandera del Chelsea en su lápida, una broma de mal gusto al estilo inglés. Joao corrió hasta allí, cogió la bandera y la tiró al suelo. Sus dos amigos le observaban mientras se acercaban a paso tranquilo. Los tres se quedaron de pie mirando aquella tumba, la del hombre que había marcado la historia del Benfica.

"El Benfica nunca volverá a ganar una copa europea, ni en cien años", eso es lo que dijo Béla Guttman cuando su presidente le despidió el mismo año que había conseguido ganar por segunda vez consecutiva la Copa de Europa, batiendo a los todopoderosos Real Madrid de Di Stefano y el Barça de Luis Suárez.

Hace veintitres años, cuando el Benfica tenía que jugar la final de la Copa de Europa contra el Milan, Eusebio, el jugador más legendario de las águilas y descubierto en su momento por Guttman,  hizo una ofrenda floral en aquella misma tumba, pidiéndole a su exentrenador que quitara la maldición que ya les había hecho perder cuatro finales de copa de Europa y una de la UEFA. La plegaria y las flores no sirvieron de nada, el Benfica volvió a perder y ayer por la noche de nuevo volvió a suceder. Siete finales en cincuenta y un años, siete derrotas. 


- No entiendo como nadie aún ha pensado en esto.
- Sí, es extraño. Sólo se les ocurrió traerle flores.
- Guttman no quería flores, quería aquello que pidió y que no le dieron en el Benfica, y encima lo despidieron.
- Vamos a dárselo.
- Sí, vamos a terminar con esto.

Cogieron las palas que habían comprado en Amsterdam antes de salir y mientras uno vigilaba, los otros dos cavaban la tierra. Tardaron un par de horas pero nadie apareció. Por fin vieron el ataud. 


- Dadme el dinero.

Joao estaba decidido a llegar hasta el final, ya habían recorrido más de mil kilómetros y habían excavado la tumba. Sólo faltaba zanjar el tema económico. Los tres juntaron los euros que habían calculado que se les debía a Guttman, Joao los cogió y de un salto se plantó encima del ataud.

- Por fin acabaremos con la maldición. Vamos a pagarte lo que el Benfica te escatimó.

Joao abrió el ataud y lo que vieron dejó a los tres sin habla. Allí estaba el esqueleto de Guttman, estaba prácticamente cubierto de billetes, de antiguos escudos portugueses. No eran los primeros en tener la idea. La maldición continuaría. 




dilluns, 13 de maig de 2013

Correr


“Pulse el botón central”

Pulsado. Empiezo a correr. En el reproductor suena la primera canción de la lista de reproducción, “Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar…”, mi canción favorita, la que más veces he escuchado y que me llena de energía cada vez que la oigo. Mis pasos se encaminan hacia el oeste, la montaña de Collserola que aún está lejos. Antes debo subir todo el paseo Valldaura, unos tres quilómetros antes de llegar a las rampas de la montaña, aunque todo el camino es de empinada cuesta. Mi idea es subir cinco quilómetros y bajar la misma distancia. Para otros sería un paseo matutino, para mí es también eso y mucho más. Hace años que no subo a Collserola corriendo, la última vez no llegué arriba de todo, hoy pienso conseguirlo.
Hace calor, en esta primavera loca el menú de hoy es sol y una ligera brisa. La subida por el paseo Valldaura es entretenida, evitando todos los obstáculos urbanos que me encuentro en el camino: peatones, bicicletas, vallas, coches aparcados en las aceras. Sólo un par de semáforos me interrumpen, no me detengo, sigo corriendo cerca del semáforo a un paso más lento pero evito detenerme para que no comiencen a doler los gemelos. Las piernas responden bien hasta ahora, la respiración es lo que llevo un poco peor. Se me hace largo el camino hasta la plaza Karl Marx, cuando llego allí tengo la primera crisis de cansancio, pero no es lo suficientemente aguda como para que me plantee parar. Doy un rodeo para subir por las rampas más suaves, no hay nadie más corriendo por allí a esas horas y supongo que es debido a que es el mediodía de un lunes cualquiera, la gente no está para ir a correr a esas horas a la montaña, sólo a un desempleado un poco tarado se le puede ocurrir una idea así.
Por fin llego a las primeras rampas de la subida propiamente dicha a Collserola, comienzo a respirar a mejor ritmo y las piernas no se me quejan. Al sufrir menos puedo concentrarme en las sensaciones: los olores y las vistas. A ambos lados del camino hay árboles y vegetación, en su máximo esplendor en esta primavera; el sol intensifica el olor de la hierba y mi mente se transporta a un campo de fútbol al lado del cual pasaba un reguero que traía el agua del canal de riego. Aquella agua fresca ayudaba a los chiquillos a combatir el calor estival en las mañanas de agosto, cuando los más irresponsables se empecinaban en jugar al futbol día sí, día también. Un balón rojo, un tango adidas, hubo más pero aquel fue el que guardé en el baúl de mis recuerdos y ahora vuelve a mi mente gracias al olor de la hierba al sol. Tirando del hilo de aquel balón me vienen a la memoria las caras de los chicos con los que jugaba, alguno de ellos llegó a ser mucho más que un amigo de verano, un amigo para toda la vida, a la mayoría les perdí la pista y hace más de diez años que no los veo. Junto a todos ellos pasé días inolvidables. Y no sólo la hierba me recuerda aquellas vacaciones; el olor de la humedad me recuerda al olor del lúpulo recién cosechado; el olor del jabón de Marsella es el que utilizaba mi madre en el lavadero del patio de la casa; el olor que desprende el asfalto con las primeras gotas de lluvia – olor que me recuerda al sabor de la cáscara de nuez – me transporta a las tardes en que teníamos que volver rápido con la bicicleta al pueblo para que no nos pillara la tormenta, la tormenta, también desprendía un olor refrescante muy característico. Supongo que tantos recuerdos sólo pueden ser el resultado de no querer olvidar una época tan bonita en la vida. Ulises se hizo encadenar al mástil de su barco para no volverse loco con los cantos de las sirenas, yo me encadeno a estos recuerdos para no volverme loco con todas las incertidumbres que se dan en el mundo que me toca vivir.
Cuando vuelvo al presente me doy cuenta que estoy a media subida, ya me queda menos de un quilómetro para llegar arriba de todo. En el camino me encuentro un niño de unos tres años con su abuelo. El niño escucha algo que el abuelo le está explicando sobre unas plantas que ambos miran con curiosidad. ¡Qué envidia!. Que ganas tengo que mi hija pueda escuchar y entender lo que sus abuelos le expliquen, lo que yo mismo le cuente, aunque en mi caso me faltó escuchar a mi abuelo, y muchas veces a mi padre. No me queda más remedio que aprender al mismo tiempo que mi hija, quizás sea ella la que me explique las curiosidades de ésta o aquella planta, o de aquel insecto, o vete a saber qué otra cosa. Aunque aún me falta más de la mitad del camino estoy seguro que esta será la imagen que se me quedará grabada de esta carrera.
Mientras le doy vueltas a esta idea me planto prácticamente en el final de la subida, llego al cruce que permite adentrarse en los caminos de Collserola pero yo no voy a ir más allá, hoy no. Doy media vuelta y comienzo a bajar, lo peor ya ha pasado y gracias a mi imaginación no ha sido tan duro como esperaba. Bajando se me van cargando las plantas de los pies. La respiración es mucho más cómoda pero mis piernas sufren el impacto de cada paso, no voy a correr demasiado rápido, no quiero arriesgarme a una lesión. Al hacer el mismo recorrido de vuelta voy viviendo las mismas imágenes: el niño y el abuelo, otros caminantes que bajaban cuando yo subía, el olor de las plantas. Es como rebobinar a velocidad normal una cinta de video, aunque la primera sensación fue más bonita. Mi mente aparta estas imágenes y piensa en cómo plasmar esta carrera en un texto que consiga ser leíble. Comienzo a estructurar la historia, grabo los detalles vividos en mi mente e intento no olvidarlos. Bajo a buen ritmo, sólo interrumpido por algunos semáforos; cuando llego al polideportivo la planta del pie derecho me duele bastante pero no me impide completar los diez mil.
Y aún queda lo mejor: los estiramientos en el césped. Me quito la camiseta, las zapatillas y los calcetines. Mientras estiro mis músculos respiro el olor intenso de la hierba y noto como el sol baña mi cuerpo. En el reproductor suena una última canción: El universo sobre mí. 

dilluns, 6 de maig de 2013

El día de la Madre



Aparcaron el coche en la plaza del pueblo, al lado del bar. Ambos salieron del vehículo, pero mientras Sonia iba a preguntar al dueño del local, Carlos, su marido, se quedaba junto a la puerta, evitando acercarse para no molestar.  A distancia observó la curiosidad del hombre ante las preguntas de su esposa y el posterior gesto de negación acompañado de un “lo siento”. Ella siguió preguntando cosas hasta que le dio las gracias y se giró para marchar. “Espere”,  ella se detuvo y miró al hombre del bar, “Hay alguien que le conocía muy bien”. Le dio todos los detalles que precisaba para encontrar a aquella persona y esta vez sí que marcharon dándole de nuevo las gracias.

- Falleció hace un par de años.
- Joder, lo siento. – sabía lo importante que había sido para Sonia aquella búsqueda, debía estar rota por dentro aunque no lo demostraba en su rostro, siempre serio en los últimos meses.
- Sabíamos que era difícil. Pero me ha dicho que una persona que vive aquí al lado la conocía muy bien. ¿Te importa que le hagamos una visita? Necesito saber más.
- Para eso hemos venido.

En todo pueblo parece que hay una calle Real, desconozco si la causa es que la gente de los pueblos es muy monárquica o porque piensan que el resto de calles no existen, que esa es la única calle y las demás son artificiales. La persona que buscaban vivía en el número siete de dicha calle, la fachada del edificio era muy sencilla, la puerta vieja, descolorida y con muchas grietas en la madera. Tenía un picaporte y Sonia lo golpeó tres veces, con firmeza. “Ya voy”, la voz sonó desde el interior. Un hombre de unos sesenta años les abrió.

- ¿Sí? ¿En qué puedo ayudarles?
- Nos han dicho que usted conocía muy bien a Ángeles López. Soy su hija.

El hombre tardó medio minuto más o menos en contestar. Se quedó observando los ojos de Sonia sin decir palabra.  “Así que eres tú”, su voz sonó triste, entre cansada y enfadada. “Así que eres tú”, repitió, ahora sólo sonaba triste y cansada. Les abrió la puerta y les hizo un gesto para que pasaran, sin decir una palabra más. Se dirigieron a la cocina y allí se sentaron alrededor de una pequeña mesa donde había un plato de judías y un vaso de vino.

- Estaba comiendo, si gustáis…
- No, muchas gracias. – Sonia no quería más que respuestas.

El hombre dejó el plato sobre la encimera y en su lugar puso dos vasos más en la mesa, los llenó de vino sin preguntarles si querían o no. Luego se sentó.

- ¿Qué sabéis de Ángeles?
- Nada. Sólo que era mi madre biológica.
- ¿Te lo dijeron tus otros padres?
- Mi madre, antes de morir.
- Tu madre.
- Durante toda mi vida había sido mi madre. Siempre será mi madre, la única que conocí.
- ¿Y qué te dijo exactamente? ¿Que unas monjas te arrancaron de los brazos de tu madre nada más nacer para darte a ellos?
- Me dijo que ellos no podían tener hijos y que tenían mucho para ofrecerme. Que no estaba orgullosa de lo que habían hecho pero que estaban seguros que me habían dado mucho más de lo que hubiese podido tener de una madre soltera.
- Tu madre era soltera porque sus padres no querían que se casara con el hombre al que amaba.
- ¿Era usted su amante? ¿Usted es mi…?
- No, no fui yo.
- Pensaba que..
- Era mi hermano. Pero yo también estaba enamorado de ella. Él murió en un accidente, trabajando como un burro y corriendo grandes riesgos, obsesionado en ganar mucho dinero para poder casarse con tu madre. Ella nunca superó su muerte y yo fui el hombro en el que lloró durante años, hasta que al final murió de tristeza por lo que pudo ser y nunca fue.
- ¡Dios mío! – la máscara de frialdad que Sonia había intentado mantener desde  la muerte de su madre se quebró y las lágrimas comenzaron a brotar a borbotones.
- Nunca tuvo ojos para ningún otro hombre. Yo nunca intenté sustituirle, sabía que era imposible y que lo único que conseguiría sería hacerle más daño. Así que soy tu tío.
- Hábleme de ella por favor, necesito saberlo todo.

El hombre les contó todo lo que Sonia quería saber, dio tiempo para que les sirviera un par de vasos más a cada uno de aquel vino peleón. Sonia sació su sed de curiosidad, sólo quedaba una última pregunta. “¿Dónde la enterraron?”. El hombre cogió su chaqueta y los llevó hasta el camposanto.

“Aquí yace Ángeles López. Cincuenta y seis años. Soltera y sin hijos”. Sonia se juró que no permitiría durante mucho tiempo que esa lápida siguiera mintiendo, iba a cambiarla por una nueva lo más pronto posible, una que no mintiera. Por el camino había ido cogiendo flores, las dejó encima de la tumba. Los dos hombres la dejaron a solas para que ella pudiera hablar con su madre, la que nunca conoció. Unos minutos después Sonia se levantaba y volvía con ellos.

- Me preguntaba si no tendría usted…
- Espera un momento – el hombre sacó su cartera y le dio a Sonia la única foto que llevaba – toma, te mereces esta foto más que yo.

Sonia miró la foto, acarició el rostro fotografiado y le dio las gracias al hombre. Volvieron al coche y marcharon. Ella prometió volver cada día de la Madre.

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