dijous, 30 d’octubre de 2014

Macabro placer

Cerró el ataúd.
Oscuridad.
En aquel silencio era capaz de oír claramente su propia respiración acelerada, oía incluso sus propios latidos como si de golpes de un poderoso martillo se tratara. Su mano izquierda se deslizó con gran delicadeza sobre uno de sus senos desnudo, al momento repitió el gesto con la mano derecha. Sentía una gran excitación, un macabro placer en el morboso acto  de sumergirse en aquella caja de madera de caoba con su elegante y suave interior en blanco satén.
Desde pequeña se había sentido atraída por los ataúdes, le fascinaban de una forma inexplicable. Un día su padre la encontró intentándose meter en la caja donde yacía el cuerpo inerte de su tía Isabel; rápidamente le agarró del brazo y la sacó del féretro antes que nadie pudiera verla. Su padre nunca volvió a hablar del tema y ella tampoco volvió a tentar la suerte, hasta que abandonó la casa familiar. El mismo día de su emancipación fue a comprarse un ataúd y lo hizo llevar a su nueva casa. No compró cama y nunca más volvió a necesitarla, desde entonces siempre se acostaba en la que algún día sería su última morada. Y ahora su padre ya no podría pillarla nunca más, acababa de fallecer de un infarto y ese mismo día lo habían enterrado. Qué lástima que muerto no pudiese disfrutar del placer de su propio ataúd. En cierto modo se sentía un poco culpable de su muerte, por su culpa él había perdido hasta su último euro unos meses antes, eso le dejó muy frágil de salud. Se lo tenía merecido, siempre había sido muy débil y ella despreciaba a los débiles, por eso se había aprovechado de él. Los débiles sólo servían para alimentar a los fuertes como ella.
 Sus manos continuaron bajando poco a poco, tocando ligeramente el ombligo, acariciando las caderas y deslizándose entre sus muslos. Dejó escapar un leve gemido cuando sus dedos se encontraron con la zona más sensible de su cuerpo, fue en ese momento cuando escuchó el clic. Al instante se dio cuenta de que algo andaba mal e instintivamente impulso sus brazos contra la tapa del ataúd, pero este no cedió, se mantenía cerrado por mucha fuerza que hiciera la chica. ¿Qué había ocurrido? Jamás en todos esos años se había cerrado el ataúd por fuera, ¿cómo había sido posible? Intentó levantarse y empujar con todo su cuerpo, pero no sucedió nada, gritó aunque sabía que sus súplicas quedarían amortiguadas por el perfecto acolchado de aquel interior. Lo peor de todo es que nadie le iba a echar de menos, con la muerte de su padre ya no le quedaba ningún familiar cercano vivo, y se había cogido unas vacaciones supuestamente para recuperarse anímicamente. Tampoco tenía amigos, era un ser asocial. Cómo deseó en ese momento tener a alguien.
Detuvo sus pensamientos de repente pues a sus oídos llegó un sonido del exterior, parecía un silbido que le llegaba muy debilitado. Alguien estaba silbando una canción que le era familiar. Una canción que había escuchado silbar hace muchos años a ...su padre.

dilluns, 27 d’octubre de 2014

Winter is coming





El pequeño coche junto los contenedores de basura zanjó cualquier posible duda respecto a mis sospechas: el verano más feliz de Laia había llegado a su fin. Como decía Ned Stark antes de que le segaran la testa, “Winter is coming”,  el invierno se acerca. Un invierno que sería más frío a causa de la añoranza, de la ausencia de los dos mejores amigos de Laia, que habían marchado lejos, con sus padres, a la búsqueda de un futuro mejor para toda la familia.
Atrás quedó el cochecito de juguete, con el maletero lleno con los tapones que recogía el más pequeño de la casa, al igual que atrás se quedaban los momentos de los juegos, de las carreras, de los gritos, por supuesto que también los enfados, muchos, porque los niños que se necesitan también se odian a veces, aunque en cuestión de minutos vuelvan a hacer las paces y se abracen como si nunca hubiera sucedido nada.
Laia comenzó el colegio y notamos como cada tarde, al salir de clase, lo único que quería era ir a casa, sin parar siquiera en la calle donde tantos juegos había compartido con ellos. Era fácil adivinar que algo le pasaba, y que ese algo tenía que ver con la añoranza de sus amigos. Le costó más de lo normal adaptarse al colegio y estoy seguro que la causa era que se sentía sola.

Finalmente se acostumbró a su nueva escuela, pero justo en el momento en que notamos que parecía distanciarse del recuerdo de sus viejos amigos; se negaba a grabar videos para enviárselos, dejó de hablar de ellos y si se los mencionábamos ella se hacía la sorda. Hasta que un día decidimos comunicarnos con ellos por video-llamada, y todo cambió. Al principio ella se mantenía callada, observando la pantalla con mucha atención pero sin decir nada, hasta que cuando habían pasado más o menos unos diez minutos de conexión, comenzó a explicarles su vida a aquella familia que le habían dado el mejor de los veranos.  Hoy hemos vuelto a hablar con ellos y ella no ha callado, les quería contar todo sobre la Festa dels Supers, y también sobre su excursión a la montaña, no paraba de hablar, de gritar llamando a sus amigos, de reír. Y además, lo mejor es que no tardará mucho en verlos de nuevo en persona.
Sí, se acerca el invierno, y éste será duro, pero al menos tendremos un buen aliciente para desear que llegue: Laia volverá a reunirse con sus amigos, y el verano regresará aunque sólo sea por unos pocos días.

divendres, 24 d’octubre de 2014

Matar al mensajero


Volvía a casa. ¿Qué encontraría? Su marido aún estaba en el hospital cumpliendo la cuarentena, y Excalibur... le habían dicho que no tuvieron más remedio que sacrificarlo. ¿Por qué? ¿No podían hacerle pruebas y comprobar si había desarrollado la enfermedad? Parece ser que los africanos y los perros no tienen derecho a una oportunidad.
Al ver el edificio donde vivía le recorrió un escalofrío. Cuántas veces había soñado en aquel hospital que volvía a la vida normal, que miraba las noticias en la televisión mientras desayunaba de pie, que salía de casa corriendo para ir al trabajo, que volvía cansada con mil tareas aún por hacer. Por fin volvía, pero seguro que no sería una vida normal.
Para empezar, pudo ver como un vecino se volvía a meter en la portería al verla llegar, es la reacción que esperaba, desgraciadamente no le han sorprendido. ¿Pero qué esperaba? ¿Una medalla? En Liberia conceden diplomas a los supervivientes al Ébola, aunque realmente son certificados que han de servir para que los vecinos de esos supervivientes comprueben que están sanos y no los aislen, o evitar que tengan tentación de tapiarles la casa para que no salgan y los infecten.
La única diferencia entre aquellos vecinos africanos y estos españoles no es otra que la desesperación. En África viven aterrorizados pensando quién será el siguiente, aquí pensamos que nunca nos ocurrirá a nosotros, protegidos por esa burbuja de falsa seguridad. Hasta que un día...
Teresa subió en el ascensor y entró en su casa sin toparse con más vecinos. Lo primero que hizo fue encender la cafetera. Tuvo la tentación de conectar el televisor pero en el último momento rechazó la idea, ¿y si hablaban de ella? ¿qué dirían?
Cogió la taza de café y se la bebió despacio, sorbo a sorbo, saboreándola en silencio. De pronto sonó el timbre. ¿Quién sería?
Abrió y se encontró con los vecinos del quinto.

- Bienvenida a casa, Teresa.
- Gracias... es una sorpresa muy grata.

Se oyeron pasos en la escalera. Otros vecinos aparecieron en el rellano.

- Nos hemos enterado ahora de que habías llegado. ¿Cómo te encuentras?
- Bien, bien. Un poco confusa.
- Cuenta con nosotros para lo que necesites. Si quieres te podemos acompañar a hacer las compras, pero mejor no te quedes en casa, sal y que la gente se acostumbre a verte.
- No sé si podré.
- Has de poder. No te escondas, tú eres la heroína, no la villana. Tú estabas trabajando cuando te contagiaste. Corriste un riesgo mortal por atender a un enfermo. ¿Quién en su sano juicio te puede acusar de ser una mala profesional? Eres todo un ejemplo para esta sociedad.
- Lo intentaré.
- Nosotros te ayudaremos.
- Muchas gracias.
- No, gracias a tí.

El rellano se había llenado de vecinos que apoyaban a Teresa en ese momento. Sus ojos se llenaron de lágrimas y no pudo impedirlo. Demasiadas sensaciones.

dijous, 23 d’octubre de 2014

Escribir 1 - La página en blanco

Una página en blanco, un bolígrafo y  un consejo. “Vete de la ciudad, camina mucho y observa más. Y escribe sobre todo lo que observes”. La maestra le había regalado  esas tres cosas,  a él le tocaba poner el resto.

Con el nuevo sol se puso en marcha, hacia el sur, “en esa dirección me encontraré con el mar, y quizás él me dé la inspiración”. No se había atrevido a confesarle este pensamiento a su maestra, temía decepcionarle. Ella siempre había tenido una fe ciega en sus posibilidades, mientras él era un lío de dudas. Ahora ella le había dado la receta para reencontrarse, para volver a llenar aquel vacío de palabras, de sentimientos. Pero él seguía sin confiar en sí mismo.

El sol se escondió y la página seguía en blanco. La noche cayó y la oscuridad hubiera sido completa de no ser por la luz de la luna. “¿Y si escribo sobre ella?”. Se fijó en su forma, parecía un gajo de mandarina lleno de luz blanca. Se fijó en sus manchas, ahora le recordó a un queso de roquefort, y le dieron ganas de comérsela de haberla alcanzado. Se fijó en su aura blanquecina, y pensó en el vapor que desprende un cuerpo muy frío, “¿estará helada?”, se preguntó. Y entonces escribió “El niño se encontró de pronto con un selenita que se parecía mucho a él, sólo que bastante más pálido. ¿Cómo es la luna?, le pregunto al alienígena. Fría, helada, con sabor a queso roquefort. Y yo que pensaba que sabía a mandarina, contestó el niño. Bueno, a veces sabe a helado de queso roquefort con mandarina, apuntó el ser de la luna, y ambos rieron mientras un lazo invisible los unía”.

Es un comienzo pensó, y se fue a dormir. Al día siguiente escribió sobre el amanecer, el frescor de las primeras horas de luz, el rocío sobre la hierba, el silencio roto por los sonidos de la naturaleza, un primer coche que atraviesa la carretera sin que el conductor somnoliento advierta su presencia. Más tarde escribió sobre la sensación de calor sobre el asfalto, como el suelo se hunde bajo los pies, las suelas se quedan pegadas al alquitrán, y el sol brilla sin piedad para los pobres vagabundos que no tienen donde esconderse. Al atardecer escribió sobre los mosquitos, la luz anaranjada que llena el cielo mientras las nubes se visten de diferentes colores, blanco, gris, gris más oscuro, negro, rosa, violeta, … Un agricultor vuelve a casa conduciendo su tractor, el rostro cansado, mirando fijamente la carretera. John Deere, el nombre escrito en amarillo sobre el fondo verde del imponente vehículo. Todos los ahorros gastados en esa máquina que le permite trabajar mucha más tierra y mucho más rápido. Dinero invertido para ganar más dinero. Un trabajo duro para toda una vida. Y por la noche de nuevo a escribir buscando otros matices, otros objetos, aullidos de lobos que cantan a la libertad.

No necesitó llegar al mar. Pocos días después regresó con su maestra. “¿Conseguiste llenar la página en blanco?”, “Sí” contestó él mientras dejaba un manuscrito entero sobre la mesa. “¿Quieres que lo lea?”, preguntó ella con una sonrisa dibujada en su rostro.

- No, por favor, me gustaría que fuese sólo para mí. La página en blanco que completé, todas estas páginas en blanco, son un reflejo de mi vida. Es demasiado personal para que lo lea otra persona.
- Tienes razón. Cuando los demás lean sobre ti, nunca te muestres abiertamente, siempre has de insinuar, y dejar una puerta abierta a que el lector sospeche que la imagen que muestras es antagónica a la realidad. Hazle dudar, confúndele, que jamás llegue a conocerte como de verdad eres.
- ¿Por qué?
- Porque cuando te conozca de verdad dejarás de interesarle. Y ya no te leerá.
- ¿Y ahora qué?
- ¿Ahora? Ahora comienza el verdadero aprendizaje. Lo único que has hecho es abrir tu mente al conocimiento.

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