dijous, 27 de juny de 2013

El actor


Todo empezó a la hora de la sobremesa. Estaba yo a punto de apagar la televisión, preocupado porque aún no había definido ninguna idea para el "retall" de la semana, cuando de repente apareció el anuncio de Vitroclen en la pantalla.

https://www.youtube.com/watch?v=tutQc-5jfZY

De nuevo me volví a fijar en aquel tipo de la bata azul, "es clavado al Cañita Brava" pensé, pobre hombre - con todos los respetos a Cañita Brava que al fin y al cabo cobra por parecerse a sí mismo y por actuar a su manera-. Me pregunté quién narices era este personaje de la bata azul, ¿será realmente un técnico especialista en vitrocerámicas? Seguro, tan feo no puede ser otra cosa - otra vez, con todos mis respetos a los señores técnicos que van con bata azul-. Me puse a buscar en el Google, alias, EL PUTO AMO QUE TODO LO SABE, y dí con la respuesta a todas mis preguntas, bueno, a todas las que tenían que ver con el supuesto especialista en vitrocerámicas de gran parecido con el supuesto artista Cañita Brava.
Se trata de un actor llamado Rafa Casette. Sí, el nombre la verdad no ayuda a dar una imagen seria de este profesional de la escena, que ha cedido su rostro a anuncios en España y en Italia, ha salido en series españolas e incluso ha hecho algún musical como el de Pocahontas (no, él no hacía de Pocahontas, ni tampoco de John Smith, el de las bambas, playeras, deportivas o como las queráis llamar).

Os preguntaréis a estas alturas, ¿de qué narices va este post? Bueno, pues ni yo lo sé muy bien. El caso es que tenía que colgar algo para no perder la costumbre, también tenía ganas de hablar de este señor, Rafa Casette, que me ha sorprendido con la historia que esconde tras su bata azul y, sobretodo, trata de lo mentirosos que llegan a ser los jodidos anuncios. ¿No podían haber contratado a un técnico de verdad en vez de sacar a un actor para anunciar "Los fabricantes sólo recomendamos Vitroclen"? Encima, para más descojono, sobreponen "Servicio técnico de vitrocerámicas" mientras muestran al falso técnico hablando de lo importante que es cuidar tu vitrocerámica con Vitroclen.

Cualquier día nos entereramos de que Martina Klein no es madre, que Del Bosque no tiene seguro de coche o que Eduard Punset no come pan porque es celíaco. Al final va a ser verdad que todo, absolutamente todo, es una gran MENTIRA.

dimecres, 19 de juny de 2013

Detrás de la palabra democracia.



Entramos en aquel museo de arte contemporáneo esperando encontrarnos con las típicas chorradas que los paganos en el arte tanto despreciamos. Los ignorantes en cualquier materia  siempre hemos preferido las cosas sencillas de entender: un retrato pintado por Velázquez, una noble pintada por Goya, una escultura griega o un político demagogo que nos explique las cosas de forma clara y por su nombre ocultando que en la realidad los problemas y sus soluciones  difícilmente son blanco o negro.
¿Y por qué entrasteis?, os preguntaréis. Pues bien, la respuesta es sencilla. Ese día la entrada era GRATIS. Sí, GRATIS, esa palabra mágica capaz de llenar museos a medianoche, o de llenar heladerías el día de su estreno, o de provocar inmensas colas de jubilados esperando la prensa gratuita del día. Tú di que algo es GRATIS y el éxito será rotundo. Pues eso, íbamos a ver un museo que nos importaba tres cominos, pero como era GRATIS allí que nos metimos. Y durante gran parte de su recorrido, el museo no nos defraudó, nos pareció una auténtica mierda. Hasta que llegamos a una sala muy espaciosa, toda blanca, con un cuadro también blanco en medio y un hombre con un mono blanco sentado sobre una silla blanca al lado derecho del cuadro. Junto a la silla había un cubo blanco lleno de pintura blanca y un rodillo hundido en la pintura. El hombre también tenía la piel pintada de blanco y se estaba mirando las uñas de los dedos impertérrito a los ojos del público que comenzaba a aglomerarse en aquella estancia.
Antes he dicho que el cuadro era blanco y no es del todo cierto. O quizás sí. Me explico: El cuadro era blanco en su totalidad pero sobre aquel fondo se había pintado, con letras también blancas, la palabra DEMOCRACIA cubriendo todo el ancho de aquel inmenso cuadro. Todos lo mirábamos sin saber qué hacer. ¿A qué venía todo aquello?
Entonces, a una chica del público, la que debía ser la más lista de la clase, se le ocurrió acercarse hasta la obra de arte, tanto que casi se mancha de blanco la nariz, que por cierto tenía exageradamente larga. La joven observó un momento al tipo sentado al lado - este seguía mirándose las uñas de las manos – y volvió a observar el cuadro. De repente vemos cómo se pone a rascar con sus uñas la pintura del cuadro. “Hay algo debajo de la pintura”, dijo. Todos nos acercamos. En efecto, tal y como la chica rascaba la pintura blanca, debajo de esta iba mostrándose una imagen escondida, la de una mujer con una cuenca vacía. “Es la chica que recibió en el ojo una pelota de goma de los Mossos”, dijo alguien. Otro comenzó a rascar la pintura por el otro extremo del cuadro, “Mirad, aquí sale el anterior Vicepresidente del Banco Santander que fue indultado por el gobierno de un delito económico”. “Y aquí aparece la foto de una chica, no sé quién es”, el hombre que estaba al lado contestó “Sí, esta chica era una exconcejal del Partido Socialista de Euskadi que se suicidó el día que le iban a desalojar de su piso por no poder pagar”. “Aquí salen el Rey y la Reina postrándose ante Franco”, dijo otro en otro lado.
Quien podía y encontraba un hueco se disponía a rascar la pintura blanca y allí dónde lo hacían aparecían imágenes que dejan en evidencia la palabra DEMOCRACIA: represión policial, abuso político, corrupción sistemática, manipulación de los medios de comunicación, alguna que otra desaparición, encarcelamiento o tortura de profesionales culpables de investigar la verdad, prisiones en terceros países que violan los derechos humanos, logos de empresas que monopolizan el comercio internacional, guerras declaradas por los recursos naturales; decenas de imágenes que llenaban todo un cuadro más grande que el Gernika. Después de diez minutos, la pintura blanca había desaparecido y los presentes nos quedamos un buen rato observando el cuadro en su totalidad, la verdadera obra que se escondía detrás de la inmaculada palabra DEMOCRACIA.
Esperé a ser el último en salir de la sala. Había algo que me intrigaba y que no tardé en comprobar:
Una vez todos hubieron marchado, el hombre de blanco se levantó de su silla, cogió el rodillo y comenzó a pintar de nuevo aquel inmenso cuadro. En pocos minutos, una vez hubiera secado la pintura, otro grupo de visitantes volvería a descubrir aquello que se esconde detrás de la palabra DEMOCRACIA.

dimecres, 12 de juny de 2013

La comunidad de clientes


- Preguntan por ti.
- Voy. ¿Algún habitual?
- No, a éste no lo había visto antes. Tiene cara de tontito.

Laura apagó el cigarrillo en el cenicero, dejó la revista abierta encima del viejo sofá y se levantó intentando evitar aquel rumor de muelles que tanto le irritaba. Se asomó a la puerta y el corazón le dio un vuelco.

- ¿Qué haces tú aquí?
- Me diste la tarjeta.
- No pensé que vendrías.
- Pues he venido.
Los dos se quedaron allí parados, en silencio durante unos segundos, en el oscuro umbral de aquel entresuelo del barrio del Raval.

- ¿Puedo entrar?
- ¿Para qué?

Laura sabía que la pregunta era absurda, pero quería hacer recapacitar a aquel tío y que se volviera por donde había venido. No quería problemas y él era uno de los gordos.

- Quiero hacerlo contigo.

Laura pensó en esa misma mañana, cuando aquel hombre había llamado a la puerta de su casa.

- ¿Qué quieres?
- Soy tu vecino de abajo.
- Sé quién eres.

Él le enseñó lo que llevaba en su mano izquierda. Un tanga rojo.

- Ayer me lo encontré en las cuerdas de tender. Supongo que es tuyo.

Laura pensó que no era difícil llegar a esa conclusión. Sólo podía ser suyo o de los inquilinos del piso de arriba, un hombre soltero con su madre octogenaria. Era complicado –aunque no imposible- que alguno de los dos usara un tanga rojo y más de esa talla.

- Muy observador. Gracias.

Laura extendió la mano, pero él no pareció darse cuenta, o quizás su mano se negaba a devolverle la prenda a su dueña.

- Me llamo Gerard.
- Yo Laura.
- Lo sé. Dicen por ahí que eres prostituta.
- Ya, también he oído que tú eres gilipollas. ¿Es verdad?
- Supongo que sí. ¿Lo tuyo es verdad?
- ¿Y a ti que te importa?
- Me podría interesar.
- ¿Tú no estás casado?
- Sí. ¿Para ti es un problema?
- ¿Tú qué crees? Somos vecinos, tu mujer es vecina mía también. ¿Quieres que follemos en mi casa para que ella oiga tus jadeos en el piso de arriba? ¿O prefieres hacerlo en la cama de matrimonio?
- Pensaba en tu casa.
- Desde luego eres gilipollas.
- ¿Dónde trabajas?
- Aquí no.
- Dime dónde e iré.
- ¿Pero se puede saber qué te pasa? No pienso liarme con un vecino casado.
- Pero eres puta.
- Imbécil.
- Perdona, pero se supone que tú cobras por follar, te da igual con quién.
- A mí no me da igual. Para que lo sepas, yo elijo mis clientes y desde luego no elijo aquellos que me pueden dar problemas.
- Yo no te daré ningún problema.
- Claro. Si follamos hoy, mañana vendrás a pedirme un poquito de sal y de paso, ya que estamos, ¿por qué no te hago una mamadita?
- Te juro que no soy así.
- Mira, toma la tarjeta de mi club. Si te interesa vienes allí y eliges con quién echar un polvo, como cualquier cliente. Pero no me molestes aquí, el tío del piso de enfrente es un cotilla de narices, fijo que ahora mismo nos está vigilando por su mirilla. Vete si no quieres que esta tarde hable todo el edificio del vecino del segundo que le hace los cuernos a su mujer con la puta del tercero. ¡Y dame mi tanga!

Laura arrebató el tanga de la mano de Gerard y le cerró la puerta en las narices. Él se quedó unos segundos allí parado, con la tarjeta en la mano; finalmente sacudió su cabeza como si despertara de un sueño y se guardó la tarjeta en los tejanos mientras bajaba las escaleras.



Los recuerdos se desvanecieron pero el vecino seguía allí, delante de la puerta del club.

- Entra.

Laura lo llevó a una habitación, ahora ya no había vuelta atrás. En el momento que un hombre entra en el club se convierte en cliente y ha de pagar. Por lo tanto Laura debía darle el servicio que él quisiera. Pero ¿qué debía haber hecho? No podía permitir que aquel capullo le montara un espectáculo en la puerta del club. Su error había sido darle su tarjeta para sacárselo de encima. Ahora debía apechugar con las consecuencias.

- Mira tío, voy a hacerte cosas que ni siquiera habías soñado, ¿vale? Pero cuando te hayas desfogado me pagarás, te marcharás por esa puerta y cuando nos veamos en el edificio ni me mirarás. ¿Hay o no hay trato?
- De acuerdo.

Laura le mostró a su vecino, ahora cliente, todas las cosas que sabía hacer. Estuvieron un par de horas sin apenas pausas, hasta que en un nuevo orgasmo él se atrevió a besarle en la boca. Ella lo separó de un empujón.

- Ya está. Paga y márchate.

Él no dijo nada, se vistió y pagó. Antes de marchar, en la puerta, se giró hacia ella. Pero antes de que pudiera abrir la boca, ella le puso un dedo en los labios.

- No digas nada, vete.

Él volvió a darle la espalda y comenzó a bajar las escaleras. Mientras se alejaba escaleras abajo ella le observaba. “Un día de estos vendrá a visitarme su mujer con un cuchillo en la mano, o quizás él mismo. No hay nada peor que traerse al trabajo la comunidad de vecinos”.

dimarts, 4 de juny de 2013

En orden de cola


“Les recordamos que en nuestra pescadería podrán encontrar las colitas de rape a once euros el kilo”.

Colitas de rape. En estos momentos la única cola que me importa es la de la caja. Viernes, siete de la tarde, aquí se ha juntado todo el barrio.  Pero lo peor lo tengo detrás, mejor dicho, al lado. Porque la mujer que me sigue en la cola la tengo literalmente soplándome el cogote.  Hasta puedo sentir las cosquillas que me hace en la nuca con su mostacho de foca. Estoy a punto de girarme y decirle algo cuando de repente una cajera grita la frase más terrible que se puede oír en un supermercado:

- Pasen por esta caja en orden de cola.

De pronto las puertas del infierno se abren de par en par. Abuelas y abuelos, madres y padres, niñas y niños, todos sin excepción, corren frenéticamente cual kamikazes para ser los primeros en aquella caja, pasándose por el forro lo del “orden de cola” y siendo más fieles con la premisa cristiana de “los últimos serán los primeros”. Está claro que el Mesías algo sabía de hacer colas en el supermercado.
Los que no se atreven a moverse de su cola  se los miran nerviosos, algunos dan dos pasos, dudan, se paran… y vuelven rápidamente a la cola que abandonaron antes de que algún otro espabilado les quite su mediocre posición, es preferible no arriesgar lo poco que se tiene. Esa es la filosofía que define al ciudadano medio, mi filosofía, desgraciadamente.
Por suerte no hay que lamentar víctimas, únicamente algún que otro zapato perdido en medio del pasillo, se oyen gemidos de dolor y un buen puñado de insultos y amenazas entre los propios clientes.
Dos mujeres que estaban en mi cola, justo detrás de la tía que me hace cosquillas en la nuca con su mostacho, habían observado como la gente de la cola de al lado se había desplazado en masa hacia la nueva caja. Al ver esto, ellas se han lanzado en plancha sobre esa cola, con la mala suerte de que otra mujer que llegaba a dicha cola ha lanzado el carro de la compra hacia delante cubriendo el hueco en un abrir y cerrar de ojos. Se han quedado con las ganas.

- Estábamos primero nosotras. Pero bueno, da igual.


Está muy indignada, pero aún ha tenido suerte que su compañera ha dudado más y se ha quedado a medio camino, por lo que nadie se ha atrevido a quitarle el sitio. “Estábamos primero nosotras”, y yo me pregunto, ¿primero de qué?, si no era vuestra cola, listillas. ¡Pues no para de quejarse de lo mala que es la gente! Casi me sangra la lengua de tanto mordérmela para no darle mi opinión, porque estas brujas son peligrosas y mejor no tenerlas como enemigas.
Me toca dejar las cosas en la cinta, y la mujer del mostacho se entromete entre mi cesto y mi persona.

- ¿Qué? ¿Le gusta mi colonia?
- ¿Cómo?
- Que si no me va ayudar al menos no se meta en medio.
- Oiga, que no es para ponerse así.
- La que se tiene que poner en otro sitio es usted, ahí, a un par de metros.
- Menuda mala leche.
- La necesaria.

Esta vez es la cajera la que no dice ni pío, no vaya a recibir. Ni siquiera nos mira, sólo pasa los productos por el lector. Al menos la foca me ha hecho caso y se ha puesto donde le he dicho. Está amaestrada.

- 36 con cuarenta y siete.

Me voy del súper amando un poco menos la raza humana. Cuando llegue a casa buscaré en la wiki a ver si encuentro si Hitler o Stalin frecuentaban los mercados antes de hacer carrera política.

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