dimecres, 30 d’octubre de 2013

Noche de difuntos


El viento aúlla esta noche de difuntos. El cristal de la ventana vibra, parece que hable, “Ramón”, ¿eso ha dicho?

- No puede ser.

El alcalde escucha la voz de la noche, incluso detiene su respiración para poder descubrir si el viento le habla a él, si realmente está diciendo su nombre. “Ramón”, otra ráfaga le confirma la terrible respuesta. Se le ha erizado el vello de la nuca.

- Otra vez no, por favor.

Desearía esconder su cabeza debajo de las sábanas, pero eso hizo el año pasado y tuvo que soportar el ulular del viento hasta el amanecer sin poder dormir. No, esta vez se enfrentará a sus miedos. Se levanta de la cama y su pie descalzo se posa sobre el frío parqué. La madera cruje a cada paso que da. “Ramón” vuelve a insistir el viento. El alcalde se asoma a la ventana y lo ve, al otro lado de la calle, observándole. Lleva el mismo traje gris que llevaba el día de su fusilamiento.

- Maldito.

El alcalde escupe la palabra con toda su rabia. Se aleja de la ventana en dirección al armario donde guarda la escopeta de caza. La carga y vuelve hacia aquella ventana, ahora callada. El viento parece haber cesado de repente. “Seguro que el bromista se ha largado ya”, Ramón mira por la ventana pero  ante su sorpresa, aquel hombre sigue allí. Ni siquiera huye cuando el alcalde abre la ventana y asoma la boca de su escopeta. Dispara. Falla. El hombre del traje gris se mantiene de pie en el mismo sitio. Ahora hace una seña al alcalde, parece que le diga que baje. “Pues claro que voy a bajar, malnacido”. Baja las escaleras y cuando abre la puerta de la casa ve que el hombre está alejándose poco a poco. Cojea, igual que cojeaba Pedro. “¿Quién eres?”, grita, pero el hombre no se gira, sigue caminando, y el alcalde detrás de él, sin acercarse demasiado, temeroso de descubrir que aquella aparición pueda ser un fantasma del pasado. “Bobadas” se dice a sí mismo, intentando calentarse el espíritu mientras su cuerpo se congela al arreciar el viento nuevamente.
El cojo llega a la verja del cementerio, que está abierta. ¿Por qué está abierta? Siempre se mantiene cerrada a cal y canto con una cadena que ahora descansa en el suelo. El alcalde camina hacia el camposanto pensando en el cojo. Pedro, ese era su nombre antes que él mismo diese la orden de fusilarlo, a él y a otros cinco hombres, acusados de rojos. Fue hace muchos años, cuando la venganza era el pan de cada día y la sangre corría generosa. Nunca nadie vino a pedirle cuentas por esas muertes, esos hombres fueron olvidados por todo el pueblo, nadie quiso recordarles. Sus cuerpos yacen en una fosa común en una esquina del cementerio. Y el cojo se dirige hacia allí. Al llegar, Ramón observa con terror que la tierra de la fosa ha sido removida. El alcalde se ve arrastrado por una fuerza invisible hasta el borde de la fosa. Allí están los huesos de aquellos hombres que una vez fueron sus vecinos, los odiaba porque no le respetaban, porque no se sometían a su poder, porque nunca se arrodillaron como sí hicieron los demás. Ellos se lo buscaron. Allí están sus huesos, sus calaveras. Ramón sigue observando esos restos, desearía volverse a casa, pero no puede. Su cuerpo se ha entumecido y las órdenes del cerebro no llegan a las piernas. De repente alguien le empuja y Ramón cae dentro de la fosa. Ha sido el cojo, ¿Pedro? No puede ser, ese hombre murió hace muchos años. El hombre se asoma a la fosa pero su rostro es más oscuro que una noche sin luna. Comienza a caer tierra dentro de la fosa, alguien o algo está intentando enterrarlo vivo. Ramón lucha con todas sus fuerzas por salir, pero algo lo retiene, él juraría que son los huesos de la fosa que han recobrado la vida para vengarse. “Ramón”, esta vez son varias las voces que corean su nombre al unísono. Y el alcalde sabe que esta noche de difuntos pagará con su alma el precio de sus pecados.

dimecres, 23 d’octubre de 2013

No matarás



“Punto final”. Pulsé sobre el icono de impresión y tomé un largo sorbo de café mientras esperaba que apareciese aquel documento sobre la bandeja de la impresora.  Estaba frío y amargo, apuré la taza y la dejé encima de la alfombrilla del ratón. Comprobé que las hojas se hubieran impreso correctamente antes de cerrar el editor de textos. Ya sólo me quedaba hacer una cosa. Me puse los zapatos y cogí la gabardina. Fuera hacía frío, el invierno presentaba su tarjeta de visita. Segundos después volvía a entrar en el apartamento a buscar el documento que había olvidado encima de la cama mientras cogía la gabardina del armario. Mientras esperaba el ascensor noté un cierto tufillo que se expandía por el rellano proveniente de la casa del vecino. Salí a la calle y corrí como un loco, esquivando la gente, hasta llegar al templo de Dios. Entré sin atreverme a tocar el agua bendita. Busqué un confesionario y cuando lo encontré me arrodillé  delante de la rejilla que ocultaba al sacerdote que debía perdonarme.

“Padre, vengo a confesarme”
“Adelante hijo”
“He violado el quinto mandamiento”
“¿No matarás?”
“Sí, padre. Soy un asesino”
“Pero eso, ¿cuándo ha sido? ¿En esta ciudad?”
“Sí, padre. Aquí tengo las pruebas”

Entregué las hojas al sacerdote y esperé a que las leyera por encima.

“Pero hijo, esto es una novela”
“Sí, la he escrito yo. ¿Podré ser perdonado?”
“¿Pero por qué te he de perdonar? ¿Quién ha muerto?”
“Mi protagonista. Lo asesiné, lo estrangulé cuando faltaban dos hojas para acabar”
“Hijo, no te debes preocupar”
“¿Quiere decir que me podrá perdonar, padre?”
“Por supuesto, no hay ningún mal en matar un protagonista de una novela”
“Por favor padre, deme su perdón”
“Quedas perdonado del pecado de matar al protagonista de tu novela. Anda hijo, vete que hay gente esperando”

¡Qué liviano me sentía!, cual Dorian Gray que se exime de sus responsabilidades descargándolas en el corrupto y diabólico lienzo de su retrato. Por fin podría publicar aquella novela biográfica dedicada al vecino que no dejaba de molestarme con sus fiestas hasta altas horas de la noche. Ahora ya podría buscar una nueva víctima para mi próximo libro. Rápidamente me vino a la memoria aquel amigo de mi mujer que me caía tan mal …

dijous, 17 d’octubre de 2013

El carrer dels maus

- ¡Paquiiiiiiii! ¡Pepiiiiii!

La petita Laia va aparèixer sobtadament pel cantó del carrer que va a donar al carrer Gran. Crida com una possessa mentre camina fent petits salts, amb l’esquena ben recta i marcant cada pas que fa.  Aquesta forma tan peculiar de caminar atreu l’atenció de tothom que la veu. Les dues iaies més carismàtiques del carrer Grau estaven parlant animadament amb el senyor Pere i la Montse. Tots quatre es van girar cap a aquella nena que els va robar el cor tan mateix la van conèixer, ja fa uns mesos d’això.

- Laia, felicitats! – va cridar la Paqui.
- Vina cap aquí que et faré un petó ben gros!

La Pepi va córrer cap a la petita i la agafà en braços. La Laia riu com una boja, com li agrada que la estimin! El Pere i la Montse també s’apropen a felicitar-la i fer-li uns petons. Però l’amor que senten per ella la Paqui i la Pepi és una cosa especial, per elles és una més de la família, la estimen con si d’una altra besnéta es tractés.  La Laia aviat perd l’interès en els petons i centra la seva atenció en les polseres de la Pepi, que li deixa la que sempre li demana.

- Laiaaaaaa!

La nena es gira per veure com arriba el Ken a la seva moto a tota velocitat. La cara del nen, com sempre que veu la Laia, s’omple d’alegria.  Keeeeennnnnnnn!, contesta ella, no menys contenta de veure al seu gran amic, sempre remarcant la “n” final. I com es posa quan veu arribar segons més tard a la mama del Ken portant el cotxet amb el petit Nil. “Niiiiil, Mama Niiiil”. S’oblida del Ken i de les iaies per anar corrent amb el seu moviment de cames de Charlot cap al cotxet. S’acosta fins a ell i saluda un altre cop al Nil, que al principi posa cara de no entendre res fins que acaba posant un somriure ben maco. Si la Laia estima al Ken, no és menys la devoció que té pel petit Nil.

- Laia, perquè no agafes la teva moto i fas una carrera amb el Ken?

La Laia va fer cas de la seva mare i pujà a la seva moto rosa de la Hello Kitty. Ella i el Ken comencen a córrer pel carrer. Quan passen al costat de l’home de la Montse tots dos saluden “Hola Vicens”, i continuen corrent per visitar a cadascú dels gats del carrer. Primer saluden al Limbo, un gat persa molt vell i molt maco. Després al Vitto, un gat blanc al que la Laia s’estima molt. Una mica més enllà està la casa dels dos amics més grans de la Laia, el Marc i la Mariona, dos germans que s’estimen a la Laia com si fos una germana petita. La Mariona uns mesos abans li havia donat a la Laia la seva primera bombeta que va fer esclatar amb molta emoció. I també li deixaven la pilota i els patinets per a que ella jugués com ells. Llàstima que sempre tenien molts deures i no podien jugar tot el que volien amb ella, i en aquesta època de l’any ja era més difícil coincidir al carrer, començava a fer fred i es feia de nit molt d’hora. “MonaMarc!”, sempre que passava al costat de la casa d’aquells nens els cridava igual. De vegades ells apareixien per la porta, altres vegades no hi sortia ningú, aquest cop va aparèixer la Mariona. La Laia es va dirigir cap a ella. La nena, d’uns set anys, l’abraça i li fa un petó. “Haig d’entrar que tinc que acabar els deures”, li fa un altre petó i s’acomiada dels dos petits. La Laia i el Ken continuen el seu camí que els ha de portar fins la caseta del Puma i de la Negri. Allà hi és la dona que els dona el menjar a aquests dos gatets, i també a la Nina quan aquesta apareix, cada cop menys. “Hola Manoi”, la Manoli saluda a la Laia “avui és el teu aniversari, oi? Quants anys fas?”, “Dos” contesta la Laia mentre intenta treure dos dits de la seva mà dreta amb poc èxit.“Pumaaaa” crida, el gat gris està menjant unes sardinetes, mentre que la Negri es troba darrera d’ell, amb una mica de pernill  dolç. “Vull baixar” diu la Laia mentre intenta abaixar-se ella soleta de la moto. Ni ella ni el Ken veuen la figura gris amb sabates vermelles que els observa des de la cantonada, al final del carrer. La Laia cau al intentar baixar, està a punt de plorar, però la Manoli aconsegueix evitar-ho. “Ui, t’has fet mal? No, oi? No ploris per què si no el Puma es marxarà sense sopar”. La Laia es tranquil·litza i cap llàgrima cau dels seus ulls. La figura gris de la cantonada s’esvaeix com una ombra dins la foscor que anuncia l’arribada de la nit. El Ken baixa també de la seva moto i tots dos petits de dos anys es queden penjats de la porta verda mirant com sopen el Puma i la Negri. Però es cansen aviat i tornen a apujar-se a les seves motos,  “Adeu Manoli” diu la Laia mentre comença a córrer cap a nosaltres.  Més tard arriben l’Alba i la Nona, totes dues són rebudes amb gran rebombori per la Laia. També passen per allà la Georgina, la Maria, el Gabriel, i un munt més de gent, a tots els coneix la Laia i tots la saluden mentre juga amb els seus amics. Fins que arriba el moment en que el Ken ha de marxar. La Laia vol entrar a casa seva, sempre ho intenta  amb el mateix resultat. El “papa Ken” l’agafa al coll i la retorna als seus pares “Avui no, que tenim verdura per sopar”. “Laia, ens hem d’anar a banyar” diu la mare de la Laia, “Avui no banyar, avui no cremetes, sopar”, sempre el mateix. Menys mal que darrerament li agrada més el bany i les cremetes li serveixen per a aprendre “el Petit Príncep” de memòria. Abans de marxar del carrer Grau uns petons a la Paqui i a la Pepi, al Pere una encaixada de mans, i a la Montse una abraçada. Els iaios, que han arribat a última hora ens acompanyen fins a la porta de casa, allà la Laia els llença petons a través dels vidres del portal mentre ells marxen cap a casa. Acaba una altra tarda de joc al carrer dels gats, al carrer dels maus.

divendres, 11 d’octubre de 2013

La caspa

- Adelante.
- Hola Jefe.
- Hola Jordi. ¿Qué querías?
- Bueno, es un tema delicado. Usted sabe que llevo trabajando aquí treinta y cinco años.
- Sí, claro. Has hecho un buen trabajo en estos años.
- Pues bien, al principio de entrar aquí me pidió que hiciera unas horas extras gratis cada mes por el bien del conjunto de la empresa. En todo este tiempo no me he quejado de esas horas extras, aunque he visto que la mayoría hacen jornada reducida, un par hacen las horas justas de trabajo, sus ocho horas, y sólo hay dos más que como yo hacen horas extras cada mes sin cobrarlas.
- ¿A dónde quieres llegar a parar?
- Pues que la cosa en mi casa ahora está muy mal, y necesito dejar de hacer esas horas extras o que se me paguen a un precio justo.
- Pero Jordi, ya sabes que todos trabajáis según vuestro convenio. Todos tenéis las horas que pactasteis a la hora de ser contratados. A ti ya te dijimos que tendrías que hacer horas.
- ¡Pero es que llevo treinta y cinco años así!
- No te quejes, que con el anterior jefe aún era peor.
- No compare jefe, aquel era un dictador, con perdón.
- No exagere, Jordi, don Francisco fue un ejemplo para mí, mi maestro.
- El caso es que necesito que cambie lo de las horas extras. O me las paga o me las quita.
- ¿Y si no?
- Si no cambia la situación no me quedará otra salida que irme de la empresa y ponerme de autónomo.
- ¡Ja!, ¿Estás loco? ¿En estos momentos de crisis crees que te puedes poner de autónomo?
- Considero que tengo suficiente experiencia y conocimiento del negocio como para hacerlo.
- Hazlo y ningún cliente te contratará. El gremio no te aceptará.
- ¿Por qué no me aceptará?
- Porque ningún elemento se puede marchar de las empresas del gremio y ser aceptado como un miembro más.
- ¿Dónde está escrito eso?
- No te aceptarán porque lo digo yo.
- Entonces entiendo que no me va a quitar las horas extras.
- Ahora no es el momento, Jordi.
- Durante treinta y cinco años nunca ha sido el momento.
- No puedo permitir hacer diferencias contigo. Los demás se sentirán discriminados.
- ¿Y yo no me puedo sentir discriminado?
- Vamos Jordi, que durante estos años nos ha ido muy bien a los dos. ¿Por qué vas a joderlo todo ahora?
- Porque no me deja otra alternativa. Estoy al borde de la quiebra y si no espabilo me voy a la mierda.
- Bueno, piénsatelo. Mientras tanto vuelve a tu sitio de trabajo.

El trabajador se va del despacho sin decir adiós. Pocos minutos entra la secretaria, muy nerviosa.

- ¿Qué pasa Alicia?
- Don Mariano, ¿qué sucede?, Jordi está recogiendo sus cosas y dice que se marcha.
- No tendrá huevos.
- ¿Pero por qué se va?
- ¡Dice que le tratamos mal y ahora se va sin ni siquiera intentar dialogar!
- Hombre, me ha dicho que tiene un problema económico muy grave y que se siente discriminado porque hace muchas horas extras en la empresa sin que se le paguen. Quizás se podría llegar a un acuerdo para remunerarle esas horas extras, compensárselas de alguna manera.
- ¿Qué pasa? ¿Tú también estás de su parte? Alicia, una palabra más y te vas con él.
- Perdone don Mariano, no quería ofenderle.

Alicia abandona el despacho haciendo unas cuantas reverencias peloteras a su jefe. Él no le hace ni caso. Baja la vista a los papeles que tiene en la mesa pero su atención se concentra en el polvillo blanco que hay encima de estos.

- ¡Maldita sea! Me voy a tener que comprar un champú de esos anticaspa, esto ya comienza a ser insoportable.

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