diumenge, 3 d’abril de 2011

Dos Minutos (Por Daniel Marni)

Fueron los dos minutos más largos de la vida de Satomi, pero no fueron solo los de ella.
Satomi nació en Shiogama, una ciudad pesquera de la costa pacífica de la isla de Honshu. Era una niña alegre y muy sociable. Allí habían nacido sus padres, y también sus abuelos. Todos ellos se habían dedicado al negocio del atún aunque su padre siempre lo había detestado. Es por ello que cada día al acostar a su pequeña hija le repetía noche tras noche – Hija, persigue siempre tus sueños. No hagas lo que te digan que es lo correcto. Sé tu misma – y le daba un beso en la frente y la tapaba bien para que no cogiera frío en su acogedor futón.
El día que el abuelo de Satomi murió, su padre vendió la modesta casa que tenían y se mudaron a Sendai, la capital de la prefactura de Miyagi dónde pensaba que su hija tendría más posibilidades para elegir qué hacer con su vida, había universidad e incluso estaba bien comunicada con Tokio. Por aquel entonces Satomi tenía catorce años y a pesar de que echaba de menos a sus amigos, vivir en una ciudad grande le hacía mucha ilusión. Pero todo se torció un año después tras un accidente en la lonja de pescado en la que trabajaba su padre. Un corte a la altura del antebrazo le provocó una gran pérdida de sangre y complicaciones posteriores se lo llevaron del lado de su familia.
El carácter de Satomi cambió radicalmente; se volvió callada y reservada, no hablaba ni tan solo con su madre, no entendía cómo había podido pasar aquello y la culpaba por no haberse opuesto al traslado. Dejó de relacionarse con la gente y se encerró en su propio mundo con el propósito de seguir el consejo que su padre le daba noche tras noche. Iba a la escuela y al volver a casa se recluía en su habitación a estudiar, las ciencias le ayudaban a sobrellevar el dolor que acumulaba dentro manteniéndola distraída y concentrada ajena al sufrimiento que provocaba a su madre.
Pasaron los años y Satomi comenzó los estudios universitarios en la senmon-gakkou de Sendai. Eligió estudios de electrónica y su meta era en tres años poder marchar a la capital y dejar toda su juventud atrás. Su actitud respecto al mundo siguió siendo la misma. Tres años después había conseguido el título de Semmon-shi con excelentes notas, lo que le permitiría entrar en el mundo laboral con ciertas garantías. Durante los siguientes meses estuvo buscando trabajo pero la situación económica del país no facilitaba alcanzar su objetivo, hasta que recibió una llamada de una empresa de Tokio que impresionada por su expediente la citó para una entrevista laboral. Todo fue muy rápido y tuvo una oferta en firme para comenzar a trabajar la semana siguiente. Lo había conseguido, pero no encontró en su interior ningún resquicio de felicidad o satisfacción. Volvió a Sendai, recogió sus cosas y casi sin despedirse de su madre volvió a Tokio donde empezaría el jueves a trabajar.
La primera jornada de trabajo fue intensa, desde las 9 de la mañana estuvo casi hasta las 11 de la noche. Con el tiempo justo cogió el tren en la estación de Shinjuku en dirección al pequeño piso que había alquilado cerca de la bahía de Odaiba, en Shiodome. Sin tiempo para nada más, se fue a dormir y aquella noche sintió algo que no sentía desde la noche anterior a la muerte de su padre. Las palabras que le repetía las escuchó con gran claridad e incluso notó que la besaban en la frente. Abrió los ojos sobresaltada pero no había nadie allí. A pesar del sobresalto el cansancio físico y mental del día la llevaron a un sueño profundo en pocos minutos.
El día siguiente la jornada fue parecida, hasta que cerca de las tres de la tarde el edificio en el que estaba comenzó a balancearse. El día anterior ya había pasado, pero tras 15 segundos Satomi miró a los compañeros y comprendió que todos estaban asustados. Ella se bajó de la silla y se metió levemente bajo su escritorio agarrada fuertemente a una de las patas. Los segundos parecían ser horas y durante ese tiempo el sueño de la noche anterior le volvió a la mente y vio a su padre decirle aquellas palabras. – Hija, persigue siempre tus sueños. No hagas lo que te digan que es lo correcto. Sé tú misma –. En ese momento comprendió que dejó de seguir el consejo de su padre desde el mismísimo instante de su muerte. Dejó de ser ella misma, aquella chiquilla alegre y sociable se transformó en la persona fría y distante que era ahora. Comprendió entonces que esa forma de vivir era vacía y absurda ya que en cualquier momento se podía truncar todo como le pasó a su padre. Para hacer un mundo mejor tenemos que empezar por nosotros mismos. Cuando la gran sacudida pareció detenerse, intentó ponerse en contacto con su madre. Tras muchos intentos finalmente pudo saber que estaba bien y se dirigía al centro de rescate de la ciudad. Una sonrisa se esbozó en un rostro que hacía años que no lo hacía. Quizá tuviera una oportunidad de sembrar las semillas para hacer un mundo mejor y recuperar en parte el tiempo perdido.

6 comentaris:

Miguel Emele ha dit...

Excelente relato y muy bien combinado con la actualidad. Felicitaciones al autor y un abrazo al anfitrión.

Wambas ha dit...

Otro de vuelta Miguel

Dani Morn ha dit...

Muchas gracias. Un saludo.

LiNo Escritora ha dit...

Excelente idea la del anfitrión y me alegro muchísimo de la gran acogida que ha tenido.
Este relato me ha gustado especialmente.
La manera de plasmar cómo podemos vivir de espaldas a nosotros mismos y ,lo que para mí es más preocupante,: no ser conscientes de ello.
Por qué necesitamos situaciones límite, en tantas ocasiones, para reaccionar ante la vida?
Sólo me ha faltado algún punto y aparte, por ejemplo. Pero se lee y se comprende perfectamente.
Lo dicho, gracias a los dos.
Salu2!

Wambas ha dit...

Muchas gracias LiNo; supongo que es parte de la naturaleza humana. Intentamos no ser conscientes de nuestra caducidad natural. A mí, lo que más me gusta es como ha contextuado el relato. Saludos y un abrazo!

DIE ha dit...

¿Cuántas veces en nuestras vidas perseguimos la luz de la salida del túnel mientras paso a paso nos adentramos hacia la oscuridad?

Gran relato Dani, un abrazo.

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