dilluns, 8 d’abril de 2013

El adiós


Desde el túmulo se divisaba un amplio horizonte verde y azul.
Quizás fuera la promesa divina de una eternidad de hierba y cielo que tanto amaban los lugareños.
Quizás fuera el miedo de éstos a tener demasiado cerca las almas de sus parientes y vecinos.
O quizás tan sólo fuese el acierto de alguien que hace mucho tiempo pensó en ubicar en aquel privilegiado emplazamiento un camposanto.
El caso es que el cementerio se encontraba tan lejos que se debía caminar toda una hora para alcanzarlo desde la salida del pueblo.
La tierra que aguantaba la cruz aún estaba tierna, húmeda. La lápida mantenía el gris reluciente del momento de su adquisición. Incluso las coronas olían a flores frescas. Únicamente el eco de las plegarias y los lloros se habían apagado, el cementerio había regresado a su silencio cotidiano.
Un par de figuras comenzaron a perfilarse en la distancia, en aquel fondo verde y azul. Poco a poco, sin prisas, aquellas figuras fueron acercándose. ¿Para qué correr?, nada iba a cambiar por llegar unos minutos antes o después. Un hombre y una niña, ambos cogidos de la mano. El hombre, en su mano libre, llevaba un ramo de guindillas.
Ambos alcanzaron la cruz recién clavada y se sentaron a su lado en la hierba.

- Hola padre. – El hombre habló mientras su hija le miraba atentamente con gesto triste – perdona que hayamos llegado tarde. Espero que no te importase que no estuviese en tu entierro, creo que lo importante hubiese sido poder despedirme de ti antes de tu último suspiro, después ya poco importa el tiempo. Tu nieta y yo te hemos traído unas guindillas, que sabemos que te gustan mucho. Queremos que sepas que nunca dejaremos de quererte. Me duele el no haber podido hablar nunca contigo como dos amigos en plena borrachera, cuando la sinceridad y la amistad están  a flor de piel. Ojalá te hubiese llevado un día a tomar unas cuantas cervezas y varias botellas de vino juntos, codo con codo, hasta caer de culo y tener que apoyarnos el uno en el otro para poder llegar a casa.  

La niña tiró de la mano de su padre que le miró sorprendido. Al momento pareció recordar algo y volvió a hablar:

- Tu nieta quiere que sepas que te echa de menos, y que si un día tiene un hijo varón le pondrá tu nombre. Yo le digo que no hace falta, que tu nombre es muy feo, pero ella no me quiere hacer caso. En fin, que si no se lo dices tú no dará su brazo a torcer, es tan terca como su abuelo. Te tendrás que presentar en alguno de sus sueños para que cambie de opinión. Cuando lo hagas aprovecha para darle un paseo por el paraíso, enséñale tu casa para que luego nos pueda explicar dónde vives, qué tal estás y si desde aquí podemos hacer algo por ti. Un beso de su parte, ah!, y también de parte de tu nuera.

El hombre se quedó en silencio mirando la tumba mientras la niña se acercaba a dejar el ramo de guindillas al pie de la cruz.

- Papá, en la lápida hay una frase escrita para ti.

El hombre la miró y vio que habían grabado su nombre de pila en un lado de la lápida, y al lado dos puntos y una frase:
“ Te enseñé todo lo que aprendí, te di todo lo que recogí. Te amé todo lo que supe amar”

No hubo más palabras, el hombre se levantó y cogió de nuevo de la mano a su hija. Ambos reemprendieron el viaje de regreso. Atrás dejaron la tumba, unas cuantas lágrimas y un ramo de guindillas.

5 comentaris:

Manuel Cidón ha dit...

Para mí, de los mejores que has escrito.

Wambas ha dit...

Muchas gracias Manuel.
Un abrazo

A ha dit...

Coincido con Manuel.
Un abrazo.

Wambas ha dit...

Gracias también Amparo. Otro abrazo para tí

Miguel Emele ha dit...

Estupendo relato, Wambas. Comparto las opiniones previas, plenamente. Un abrazo.

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