dimarts, 1 de maig de 2012

Alberto no creía en Dios.
 Y cuando digo “no creía en Dios” es que realmente él creía fervientemente en su “no creencia”. No es tan sólo que de boquilla se declarase públicamente ateo por una cuestión de imagen, si no que realmente, él no daba un duro por la posible existencia de un ente superior.
Así que, el día que le dijeron que se debía someter a una operación de riesgo, tuvo bien claro desde el primer momento que no rezaría ninguna plegaria para pedir que todo fuese bien.
Ese mismo día, al igual que aquellos otros en los que se sentía apurado por algún problema, se acercó a casa de sus padres y les contó lo que ocurría. Sus padres escucharon con preocupación, y cuando Alberto acabó su explicación, su madre le dijo la misma frase que había dicho en todas las anteriores ocasiones:
- Tranquilo hijo, mañana mismo pondré unas velas en la iglesia para pedir al Señor por tu salud, y seguro que todo irá bien.

Alberto, como siempre, protestó diciendo que él no creía en esas cosas y que no era necesario, pero cuando salió de la casa de sus padres, convencido que su madre rezaría por él, se sintió mucho mejor.

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