dijous, 23 d’octubre de 2014

Escribir 1 - La página en blanco

Una página en blanco, un bolígrafo y  un consejo. “Vete de la ciudad, camina mucho y observa más. Y escribe sobre todo lo que observes”. La maestra le había regalado  esas tres cosas,  a él le tocaba poner el resto.

Con el nuevo sol se puso en marcha, hacia el sur, “en esa dirección me encontraré con el mar, y quizás él me dé la inspiración”. No se había atrevido a confesarle este pensamiento a su maestra, temía decepcionarle. Ella siempre había tenido una fe ciega en sus posibilidades, mientras él era un lío de dudas. Ahora ella le había dado la receta para reencontrarse, para volver a llenar aquel vacío de palabras, de sentimientos. Pero él seguía sin confiar en sí mismo.

El sol se escondió y la página seguía en blanco. La noche cayó y la oscuridad hubiera sido completa de no ser por la luz de la luna. “¿Y si escribo sobre ella?”. Se fijó en su forma, parecía un gajo de mandarina lleno de luz blanca. Se fijó en sus manchas, ahora le recordó a un queso de roquefort, y le dieron ganas de comérsela de haberla alcanzado. Se fijó en su aura blanquecina, y pensó en el vapor que desprende un cuerpo muy frío, “¿estará helada?”, se preguntó. Y entonces escribió “El niño se encontró de pronto con un selenita que se parecía mucho a él, sólo que bastante más pálido. ¿Cómo es la luna?, le pregunto al alienígena. Fría, helada, con sabor a queso roquefort. Y yo que pensaba que sabía a mandarina, contestó el niño. Bueno, a veces sabe a helado de queso roquefort con mandarina, apuntó el ser de la luna, y ambos rieron mientras un lazo invisible los unía”.

Es un comienzo pensó, y se fue a dormir. Al día siguiente escribió sobre el amanecer, el frescor de las primeras horas de luz, el rocío sobre la hierba, el silencio roto por los sonidos de la naturaleza, un primer coche que atraviesa la carretera sin que el conductor somnoliento advierta su presencia. Más tarde escribió sobre la sensación de calor sobre el asfalto, como el suelo se hunde bajo los pies, las suelas se quedan pegadas al alquitrán, y el sol brilla sin piedad para los pobres vagabundos que no tienen donde esconderse. Al atardecer escribió sobre los mosquitos, la luz anaranjada que llena el cielo mientras las nubes se visten de diferentes colores, blanco, gris, gris más oscuro, negro, rosa, violeta, … Un agricultor vuelve a casa conduciendo su tractor, el rostro cansado, mirando fijamente la carretera. John Deere, el nombre escrito en amarillo sobre el fondo verde del imponente vehículo. Todos los ahorros gastados en esa máquina que le permite trabajar mucha más tierra y mucho más rápido. Dinero invertido para ganar más dinero. Un trabajo duro para toda una vida. Y por la noche de nuevo a escribir buscando otros matices, otros objetos, aullidos de lobos que cantan a la libertad.

No necesitó llegar al mar. Pocos días después regresó con su maestra. “¿Conseguiste llenar la página en blanco?”, “Sí” contestó él mientras dejaba un manuscrito entero sobre la mesa. “¿Quieres que lo lea?”, preguntó ella con una sonrisa dibujada en su rostro.

- No, por favor, me gustaría que fuese sólo para mí. La página en blanco que completé, todas estas páginas en blanco, son un reflejo de mi vida. Es demasiado personal para que lo lea otra persona.
- Tienes razón. Cuando los demás lean sobre ti, nunca te muestres abiertamente, siempre has de insinuar, y dejar una puerta abierta a que el lector sospeche que la imagen que muestras es antagónica a la realidad. Hazle dudar, confúndele, que jamás llegue a conocerte como de verdad eres.
- ¿Por qué?
- Porque cuando te conozca de verdad dejarás de interesarle. Y ya no te leerá.
- ¿Y ahora qué?
- ¿Ahora? Ahora comienza el verdadero aprendizaje. Lo único que has hecho es abrir tu mente al conocimiento.

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