dimarts, 15 de setembre de 2015

El misterio Mariano

Aquella tarde no me dolía la cabeza, “es extraño” pensé. Prácticamente no había tarde en la que mi vieja amiga Migraña no me visitase. Por primera vez en mucho tiempo, me atreví a levantar la persiana. La claridad entró por la ventana, atravesando con gran dificultad la suciedad que se agarraba al cristal como a un clavo ardiendo. No tardé en comprobar que, tal como me temía, Lucía no se ganaba su sueldo. Una plaga de polvo flotaba por todo el despacho, sólo de verlo me picaban los ojos. Si no estuviera siempre tan cansado tendría unas palabras con esa vaga que cobraba por ser mi señora de la limpieza. Pero era una batalla perdida. Yo era un cobarde y ella una caradura.
De todos modos, me sentía de buen humor, hasta que alguien llamó al timbre. Escuché los tacones de Sheila mientras se dirigía hacia la puerta. Imaginé su cadera meneándose de un extremo a otro del pasillo, seguramente aprovecharía para bajarse un poco aquella minifalda roja que cuando se sentaba desvelaba el misterio del color de su prenda más íntima. Mi secretaria era de aquellas mujeres que pensaban que cualquier mujer puede ser sexy si se lo propone, sin importar su belleza, su peso o su volumen. Ella debía pesar unos noventa quilos y mediría alrededor del metro ochenta. Además de ser todo carácter. Eso no impedía de que a menudo se derrumbase al chocar con la cruel realidad: este mundo está lleno de hijos de mala madre, capullos que disfrutan hundiendo en la miseria al prójimo o a la prójima. ¡Cuántas veces me ha tocado consolarla! Demasiadas madrugadas saliendo de su cama a hurtadillas, dejándola dormir relajadamente tras una noche de lloros desconsolados, litros de alcohol y un par de polvos para subir la autoestima. Es lo que tiene ser un buen jefe, te preocupas demasiado de los tuyos, de las piezas imperfectas de tu equipo a las que quieres más que a tu familia.
De nuevo escuché sus tacones regresando. Venía acompañada. Dio un par de golpecitos en la puerta de mi despacho y la abrió.
– Deme, preguntan por ti.
Y a continuación entró un hombre de unos cuarenta años, de aspecto agraciado, alto y flaco. Llevaba una camisa blanca inmaculada y bien planchada, pantalones tejanos de una marca cara. Me alargó la mano derecha y yo me levanté como un resorte, sacando pecho y metiendo barriga, en un ridículo intento de mantenerme a su altura. Nos dimos la mano por encima de mi escritorio.
– Buenos días, soy Demetrio Blanco, usted dirá.
– Hola. Yo soy Pedro...bueno, imagino que ya me conoce.
– Sí, por supuesto – no tenía ni puñetera idea de quién era aquel tipo.
– Me han hablado muy bien de usted. En el partido trabajábamos con otra empresa de detectives pero tuvimos que dejarlo por unos problemillas que tuvimos con ellos en Barcelona.
– Entiendo – ¡y un carajo! No sabía de que me hablaba aquel tipo pero no se lo pensaba confesar.
– Estoy muy interesado en contar con sus servicios para una investigación muy importante. En el caso, como así espero, de que quedemos contentos con su profesionalidad, estoy seguro de que volveríamos a trabajar juntos.
– Pues usted dirá.

– A ver, es un tema un poco delicado. Mire, no entendemos cómo es posible que cada vez que hay elecciones, con el desgaste que conlleva el poder, y más con la crisis que nos ha caído encima, la gente siga votando al mismo partido. Estamos seguros de que hay gato encerrado. De algún modo ellos hacen trampa y consiguen ganar con mayorías holgadas.
– Y usted lo que quiere es que descubra dónde está la trampa, ¿verdad?
– Efectivamente. Así nos será más fácil neutralizarles y destrozarles en las próximas elecciones generales. En ello me va el puesto.
– ¿A quién tendría que investigar concretamente?
– ¿Cómo que a quién?
– ¡Hombre, no querrá que investigue a todo un partido político. Eso es imposible!
– ¡Ah! No lo había pensado, creía que podría encargarse de todo.
Estaba claro que aquel tipo era político. Siempre pensando en soluciones fáciles cuando es otro el que tiene que resolver los problemas.
– A ver, ¿qué le parece si me centro en su jefe? Seguramente en él encontraré las pistas que me lleven a descubrir el secreto de su éxito.
– ¡Buena idea!
– De acuerdo. ¿Y quién es su jefe? ¿Tiene alguna foto?
– ¿De Mariano? ¿Foto? Pues... –el tipo miró a su alrededor y de pronto su rostro se iluminó al ver un periódico viejo que tenía en el revistero – ¡Ahí lo tiene!
Cogí el periódico del revistero. La foto de la portada mostraba un tipo con barba canosa y ojos miopes. De unos sesenta años.
–¿Está seguro de que este es el jefe?
– Absolutamente. ¡Es Mariano!
Volví a mirar aquella foto unos segundos. Desde luego era algo muy curioso que la gente votase en todas las elecciones a aquel tipo con pinta de droguero, con todos los respetos para los drogueros, claro. Era fácil imaginárselo con una bata azul diciéndole a los clientes que tenía la lejía conejo de oferta.
– Muy bien. Vuelva en quince días. Para entonces creo que podré tener el caso resuelto.
– ¡Fantástico! Tiene nuestra confianza, estoy seguro de que no nos decepcionará.

Me acababan de fastidiar la siesta de aquella tarde. Aún así conseguí descansar media horita antes de ponerme manos a la obra. Tras el descanso cogí de nuevo aquel periódico viejo y miré la cara de la portada. Sheila compraba el periódico una vez a la semana, para tener entretenidas a las visitas en la sala de espera. Después, los periódicos pasaban del revistero de la sala al mío propio, donde los guardaba para matar las moscas que se aventuraban a entrar en mi despacho. Tenía por norma no seguir las noticias, fuese por televisión, radio o diario. Me la traían muy floja. ¿De qué sirve estar informado? Es una pérdida de tiempo. Al fin y al cabo cada día había noticias que olvidábamos al día siguiente o, en el peor de los casos, a la semana siguiente. Y encima siempre eran las mismas. Cada equis tiempo se volvían a repetir, y la gente, como gilipollas, volvían a sorprenderse con los escándalos, los asesinatos o los accidentes, tal y cómo habían hecho poco tiempo antes y como volverían a hacer en otro momento futuro no muy lejano. La gente se informa pero luego quiere olvidar, no se atreve a vivir con la carga de conciencia que significa saber que todo va mal y que no se hace nada para solucionarlo. Lo único que se consigue es que se guarde la mierda bajo la alfombra, hasta que otro día se vuelva a destapar. Por todo eso, yo pasaba de informarme. Y me importaba un pedo (como dicen los ingleses) quién era aquel tipo que decían que era el presidente. Por supuesto, tampoco he votado en mi vida, me parece otra pérdida de tiempo por razones que son evidentes y que no voy a explicar para no alargar esta historia gratuitamente.
Necesitaba información sobre este tipo y yo sabía dónde encontrarla.
– ¡Sheila!
De nuevo sonaron aquellos tacones por el pasillo, a un ritmo desesperadamente lento. Ella sabía que yo la oía. También sabía que me ponía de muy mala leche esa lentitud. Lo hacía expresamente. Supongo que la causa era algo que tenía que ver con el aumento de sueldo que llevaba años pidiéndome. Pues podía seguir esperando. Yo no le cobraba las terapias de autoestima. Lo podía contemplar como un beneficio social de la empresa.
– ¿Qué quieres? – desde luego la confianza da asco.
– ¿Qué me puedes decir de este tipo? – le enseñé la foto de la portada.
– Que es el presidente.
– Hasta ahí llego.
– Pues entra en la wikipedia y consulta su entrada.
- ¿Ein?
– ¡Búscalo en google!
– ¡No comprendo qué cojones me dices!
– ¡Que lo busques por internet!
– Haré algo mejor. Te pediré a ti que me redactes una ficha sobre él. Edad, dónde trabaja, amigos, cualidades, estudios, currículum, …
– ¿Para cuándo lo quieres?
– Para esta tarde, si te parece bien.
Cerró la puerta de un portazo y de nuevo los tacones repiquetearon sobre el parqué del pasillo con más fuerza que nunca, o al menos tan fuerte como siempre que le hacía trabajar un poco y se enfadaba. ¿Acaso pretendía que yo hiciera todo el trabajo mientras ella se limaba las uñas y se pintaba los labios toda la tarde? Me levanté y bajé de nuevo la persiana. Me volví a acomodar en el asiento y puse los pies sobre el escritorio. Seguí echando una cabezadita hasta bien entrada la tarde.
Sheila entró en mi despacho con el abrigo puesto y unos folios en la mano.
– ¡Toma! – los folios cayeron sobre la mesa. Eran impresiones a dos caras.
– Espero que hayas seleccionado un poco la información.
– Si quieres te hago un resumen de lo que he encontrado.
– Adelante.
– Se trata de un tío que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Cada día se pregunta delante del espejo cómo demonios ha llegado a presidente. En mi humilde opinión no solo parece tonto, lo es y todo el mundo lo asume, hasta él mismo.
– ¿Y su mujer?
– Intrascendente.
– ¿La gente que le apoya? ¿Quién está en la sombra?
– Esos sí son importantes. Son los que manejan los hilos de la marioneta.
– ¿Tienen mucho poder?
– Tienen todo el poder. Si tu cliente estuviera en su lugar también lo manejarían a él como a un títere. Ya lo hicieron otras veces.
– Entonces lo normal sería que se alternasen en el poder, y por lo que parece no es así.
– Exacto. El partido de tu cliente lleva años mintiendo descaradamente a sus votantes. Mientras que los otros no engañan. Todos saben de qué pie cojean y sus votantes le son fieles.

Comprendí claramente cuál era el problema. Pedro, el cliente, tenía razón. La solución era bien sencilla. Tan sencilla como que era imposible. ¿Cómo le dices al cliente que la clave del éxito de su enemigo es su propia negligencia? Es su propio partido el que le pone en bandeja la victoria a aquel señor majete y con aspecto de paleto, que lo único que tiene que hacer es hablar lo menos posible para que la gente no caiga en la cuenta de sus grandes imperfecciones. Le permiten hacer algún que otro chascarrillo, también hablar de fútbol – su tema favorito – y repetir las mismas frases una y otra vez, como si de mantras irrefutables se tratasen.
Necesitaba darle una vuelta de tuerca al tema antes de llamar a mi cliente. Si en todo ese tiempo no se habían dado cuenta del problema en su partido era evidente que sufrían un grave problema de carencia de autocrítica. Y el que no quiere escucharse a sí mismo, menos querrá escuchar la verdad de la boca de un extraño. Dijese lo que dijese no me harían caso. Así que al menos debía buscar la forma de sacar provecho de aquel río revuelto. Leí toda la documentación que Sheila había pescado en la red. En uno de los folios vi la luz. Había una foto en la que aparecía el tal Mariano encogiendo los hombros en una de sus más conocidas poses; detrás suyo aparecía la cara de un amigo mío de la infancia. Manolo es abogado y a menudo su bufet me da trabajo para investigar irregularidades en las partes contrarias. Le llamé inmediatamente.
– ¿Sí?
– ¿Manolo? Soy Deme.
– ¡Hola Deme!¿A qué le debo el placer de tu llamada?
– Oye, ¿tú que conexiones tienes con el presidente?
– ¿Con Mariano?
– Sí, con ese.
– Pues yo soy el enlace entre mi bufé y su partido político. Les hacemos determinadas gestiones que no te puedo comentar pues son alto secreto.
– Ajá... ¿Y qué te parecería si te pidiera que trabajases también para la competencia?
– Imposible, mi bufé jamás trabajaría para ellos.
– No estoy hablando de tu bufé. Digamos que te lo pidieran a ti.
Unos segundos de espera.
– Manolo, ¿estás ahí?
– Sí, sí. Una cosa. ¿De cuánto dinero estamos hablando?
– ¿De cuánto quieres hablar?
No me puse en contacto con el cliente. Esperé que pasasen los quince días para que él me visitara.
Tras los saludos de rigor, fui al grano.
– Después de estudiar al sujeto durante todos estos días, hemos podido descubrir su secreto.
– ¿Ah, sí? – esbozó una amplia sonrisa mientras se inclinaba hacia delante para escuchar mejor.
– Sí. La clave de su éxito es un bufé de abogados que gestiona su imagen y la del partido.
– ¿Un bufé? ¿Qué bufé?
– Eso no es importante. Lo importante es quién, dentro del bufé, se encarga de ello. Se trata de este hombre, Manuel Mejías – le pasé una foto de mi amigo, la que tenía en el Linkedin.
– ¿Y cómo podríamos nosotros competir con ese hombre?
– Muy fácil. Si quieren yo puedo utilizar mis medios para contactar con él y hacerle llegar una oferta por sus servicios en exclusiva. Ganarían un profesional de gran experiencia y de paso se lo quitarían al enemigo.
– ¿Puede hacerlo?
– Puedo intentarlo. Pero para que triunfe, la oferta ha de ser irrechazable.
– ¿Y cuánto es eso?
El cliente había picado el cebo. En el plazo de un mes, Manolo montó su propio bufé y había pasado a trabajar con mi cliente, cobrando un pastón. No tenía ni puñetera idea de para qué lo habían contratado, pero es que el partido tampoco lo sabía, así que cobraba por nada. Uno más que chupaba del bote. Bueno, dos. Porque yo también me llevé mi comisión al incrementar la petición económica de Manolo un diez por ciento. Todos salimos contentos menos el antiguo bufé de Manolo, que lo perdió a él y a un par más de sus colegas que se llevó consigo. Decidió remplazarlos por dos becarios con hambre de éxito aunque demasiado verdes como para aportar ideas nuevas.

Después de las siguientes elecciones seguramente todo seguiría igual, pero en algún momento la simpatía de Mariano, su gracia natural y chabacana, no sería suficiente para ganar. En algún momento, la gente olvidaría que la oposición había traicionado sus ideales cuando había estado en el poder, que los había pisoteado sin escrúpulo alguno. A partir de entonces, el ciclo natural de la alternancia política volvería a su curso.  

1 comentari:

A ha dit...

De quitarse el sombrero.

Licencia de Autor