dimecres, 25 de novembre de 2015

La encuesta


Alberto hace encuestas, o dicho más apropiadamente, estudios de opinión o entrevistas, así es como su jefe le ha indicado que debe presentarse delante de los potenciales encuestados. Lleva medio año haciendo este trabajo y la verdad es que no es tan malo mientras espera acabar su carrera, incluso puede que después, aunque esté trabajando de otra cosa más seria, si necesita dinero, continúe haciendo  entrevistas solo para sacarse un sobresueldo.
Mientras llega ese momento Alberto sale como cada día de la oficina con cara de pocos amigos por culpa de la ruta que le han dado. Siempre son las peores, aquellas donde saben que habrá menos gente en casa y por lo que deberá patearse todo el barrio hasta encontrar diez personas que se adapten al tipo de población que necesita y que además quieran contestar pacientemente su cuestionario de diez minutos y que nunca se acaba antes de treinta. Él observa como la gente a los tres minutos comienzan a perder la paciencia, a los cinco ya dicen que pongas lo que tú quieras y que ellos lo firman. Se les consigue convencer a veces, otras Alberto ya va tan desesperado que se queda solo con los datos de la persona y él mismo rellena las entrevistas de vuelta a casa, de forma completamente fraudulenta. Lo importante es que el validador no le pille.
También como cada día, sabe que le esperan un buen puñado de gente simpática, con un poco de suerte se enamorará de alguna chica que le abra la puerta y responda alegremente a sus preguntas; quizás hasta se enamore un par de veces. Y también le esperan los prepotentes, tanto aquellos que responden los cuestionarios con aires de superioridad, como los que no tienen suficiente con decir “no, gracias, no me interesa su encuesta”, o un “lo siento, tengo el tiempo justo para comer antes de volver al trabajo”, si no que han de intentar humillar al pobre chico, diciendo cosas como “¿pero tú que me quieres vender?, ¿ te crees que soy tonto o qué?”. Como cada día necesitará mucha paciencia para observar como muchos curiosean por la mirilla imaginando que ninguno les ve desde el otro lado de la puerta; a muchos, sobre todo a las señoras mayores, les gusta quedarse un buen rato mirando en esta posición tan incómoda. A menudo Alberto no se puede resistir a insistir con el timbre o con golpecitos en la puerta, solo para tocar las narices, pues sabe que nadie le abrirá, y si le abren solo será para hacerle perder más tiempo y acabar diciendo “No, ya soy mayor para eso”.

Pero jamás pensó encontrarse lo que os cuento a continuación. 
Son las cinco de la tarde de un día laborable, Alberto se encuentra en el barrio de Nou Barris, en Barcelona; va piso por piso llamando al timbre, buscando mujeres para su entrevista. Ya sólo le queda un perfil de ama de casa joven para acabar y volverse a casa. Una puerta abre y aparece una mujer de unos treinta años.

- ¿Si?
- Buenas tardes, trabajo para una empresa nacional de estudios de opinión. ¿Sería tan amable de dedicarme unos minutos para contestar unas preguntas sobre anuncios televisivos?
- ¿Es muy larga?
- No, tranquila, máximo diez minutos.
- ¡Uf!, no tengo tanto tiempo.
- Bien, la puedo intentar hacer en cinco, no se preocupe.
- Está bien, ¿qué quieres preguntarme?
- En primer lugar, ¿cuánto tiempo dedica cada día a ver la televisión?
- Poco.
- ¿Poco quiere decir una hora?
- Sí, una hora más o menos -error del entrevistador, nunca se debe sugerir respuestas al entrevistado.
- Y durante ese tiempo,¿ve los anuncios?
- A veces.
- ¿Le parecen interesantes? ¿Mucho, bastante, suficiente, poco, nada?
- Mmm, bastante.
- Hay alguno que le parezca más interesante que otros?
- No, todos igual.
De fondo se oye una voz de hombre.
- ¡Ángeles! ¿Qué haces tanto rato en la puerta? ¿Quién es?
- Es una encuesta -contesta ella.
- Pues cierra ya que hay trabajo y no tienes tiempo para chorradas.
Ella le pregunta a Alberto si queda mucho. "No, cinco minutos" miente él, preocupado por perder la entrevista. Ella no puede esconder su angustia.

- Me dijiste que serían cinco minutos.
- Perdone, le dije que intentaría hacerla en cinco.
- ¡Ángeles!, ¡Mándalo a la puta mierda!
- Lo siento....
Le cierra la puerta en la cara. Pero Alberto no se lo reprocha, se ha acojonado pues al cerrar la puerta ha visto el miedo en los ojos de la mujer. Da unos cuantos pasos hacia las escaleras y de repente oye al hombre gritando a la mujer:

- ¡Eres una Gilipollas! ¡Abres a cualquiera! Un día de estos te van a violar, y te lo vas a tener bien merecido, ¡por subnormal!
A ella no se le oye. Alberto no quiere escuchar más y baja las escaleras tan rápido como puede. Por hoy ya hay suficiente.
Los insultos de aquel malnacido hacia su mujer no se le van de la cabeza en toda la noche. Se siente avergonzado de no haber vuelto a llamar a la puerta y darle cuatro hostias. Pero, ¿quién es él para meterse en los asuntos de los demás? De todas formas, aquel tío no es nadie para maltratar a otra persona, y menos si ésta es la persona a la que en algún momento amó. 
Al día siguiente, Alberto deja su trabajo. Su jefe se preocupa por él, si se trata de problemas personales o es una cuestión de dinero, y Alberto miente :

- Este semestre tengo unas asignaturas muy chungas y no puedo dedicarme a las encues...entrevistas.
Dos días después del incidente, Alberto se pasea por los alrededores del edificio. Espera volver a ver aquella mujer, preguntarle si puede hacer algo por ella, decirle que le ayudará en lo que necesite. Aquel día no la ve, pero al día siguiente vuelve y esta vez si la ve, pero cuando se quiere acercar no se ve con coraje para decirle nada. Ya no volverá nunca más, la cobardía le puede.
Un año después, mirando el diario, lee una noticia que le hiela la sangre:
Mujer muerta en Nou Barris. Cayó desde un sexto piso. Su marido ha sido arrestado bajo la sospecha de homicidio.
No salen fotos, no salen nombres ni direcciones. Alberto intenta recordar si aquella mujer vivía en un sexto y se dice a sí mismo que no, que era un quinto..¿o un séptimo?

Una lágrima resbala por su mejilla.

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