dijous, 19 de novembre de 2015

Terror incierto terror certero

El niño apretó la mano de su padre.

- ¿Qué sucede?
- ¿Por qué hay tanta policía, papá? ¿Están buscando a alguien malo?

El hombre observó a su hijo, alrededor del cuello llevaba la bufanda de su equipo. Era la primera vez que iba a ver a su equipo al estadio y encima se trataba del partido más esperado del año. El niño llevaba esperando ese día casi un año entero, desde la última ocasión en el que ambos equipos jugaron en aquel estadio. Entonces, el chaval le preguntó a su padre si podrían ir el año siguiente a ver el partido en el campo. Él le prometió que así sería y desde ese día se preocupó de conseguir las entradas con la suficiente antelación para evitar problemas y no decepcionar a su hijo.Sin embargo, la ilusión por disfrutar ese momento se había vuelto angustia por culpa de los atentados de la semana anterior en París.

- Es por lo de la semana pasada. ¿Te acuerdas?
- Sí. ¿Es que creen que pasará aquí?

A sus ocho años tenía edad para enterarse de estas noticias, aunque seguramente sería incapaz de asimilarlas. ¿Cómo explicarle a un niño hasta donde puede llegar la crueldad del ser humano?

- No, no te preocupes. Aquello fue muy lejos y la policía lo que hace es vigilar para que no pueda pasar aquí.

El niño no preguntó más. Su padre no sabía si lo había convencido con aquella explicación. A él, desde luego, no le convencía. ¿Cómo comprobar cada mochila, cada bolso, cada bocadillo que entra en el estadio? ¿Y si se inmolan en alguna cola de los accesos interiores, justo antes de los controles? ¿Y si alguien con acceso libre al estadio introduce los explosivos? Un trabajador de la limpieza, algún empleado del club o incluso un simple vendedor de refrescos que haya sido adoctrinado por los terroristas. Dicen que la bomba que metieron en el avión ruso iba en una lata de refresco. Lo mirase por donde lo mirase, la vulnerabilidad era total. ¿Cuánto tiempo durará esta locura? pensó. ¿Hasta cuándo desconfiaremos de cualquiera que se encuentre en el asiento contiguo en el estadio de fútbol, en el metro o en el autobús? Ni siquiera podremos ir a cenar o a divertirnos sin pensar que en cualquier momento alguien puede sacar un kalashnikov y comenzar a pegar tiros. ¿Cómo lo hacen en las zonas de guerra para combatir este terror continuo?

La niña apretó la mano de su madre.

- ¿Qué sucede?
- Se acercan muchos aviones.

La mujer miró hacia el cielo y se dio cuenta de que su hija tenía razón.

- Tenemos que escondernos ¡Corre!
- ¿Quienes son, mamá?
- No lo sé, hija. Puede que sea el gobierno, o los rebeldes o los de Estado Islámico. O quien sabe si rusos, americanos o franceses. ¡Da igual! ¡Corre!
- Pero mamá, ¿por qué nos quieren matar?

La mujer dejó de estirar del brazo de su hija, se detuvo un momento y la observó mientras les comenzaba a llegar el sonido de los aviones acercándose. La niña se protegía del frío con la chaqueta que había pertenecido a su hermano mayor y que aún tenía unas cuantas manchas de sangre, el único recuerdo que había quedado de aquel. En sus ojos, rojos de tanto llorar, se reflejaban el cansancio y la incomprensión. El rostro de su hija, con tan solo ocho años, era la viva imagen de la desesperación y el terror.

- No lo sé, cariño. Quizás porque son malos.
- ¿Todos ellos?
- Sí, hija. Todos ellos.

Ambas se abrazaron y lloraron juntas de nuevo mientras las primeras bombas comenzaban a estallar cerca de ellas.

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