diumenge, 7 de febrer de 2010

El Regreso


Cerró los ojos un par de segundos...y de nuevo los abrió. Deseaba ver aquella ciudad de una forma diferente, libre de los prejuicios de su memoria. Sentimientos contradictorios le embargaban cuando pensaba en Dublín.
En su anterior visita, los primeros días habían sido especialmente difíciles, aunque en muchas ocasiones se encontró con ejemplos de la bondad de la buena gente irlandesa. Siempre recuerda que, nada más salir con su pareja del aeropuerto de Dublín, el coche del alquiler les había dejado tirados literalmente, en medio de una carretera. La primera sorpresa de ese incidente había sido ver que nadie les pitaba, todo el mundo aceptaba esa situación como un pequeño golpe de mala suerte, causado seguramente por Murphy -lógico, pues allí Murphy jugaba en casa-. La segunda sorpresa fue ver a la conductora del vehículo de detrás de ellos, salir del coche para echarles una mano. Primero, ella y su padre les habían ayudado a apartar el coche del medio de la vía; segundo, se ofreció a llamar a la compañía de alquiler para pedirles una grua e indicarles la situación exacta del coche averiado. Por muchos años que viviera, Sandra nunca olvidaría aquel gesto desinteresado y completamente espontaneo.
Pero la sociedad dublinesa también tenía sus claroscuros. Los jóvenes, de caras pálidas, precoces en el consumo de alcohol y drogas; la imposiblidad de abortar provocaba que hubiera una gran cantidad de embarazos no deseados de jovenes adolescentes, a las que se veía por la calle, aún con caras de niñas, jugando a ser madres, casadas con maridos a los que no sabían si alguna vez habían amado. Las apuestas, los deportes televisados y el alcohol eran la válvula de escape de la sociedad adulta, mientras los ancianos se refugiaban en la poderosa iglesia.
Sin embargo, con las semanas, Sandra se había ido adaptando al ritmo de vida y a las costumbres lugareñas. Sus amigos Jon y Graham le habían ayudado a integrarse en la ciudad.
Ahora, mientras recorría el último kilómetro de trayecto entre el aeropuerto y O'Connell Street, pensaba en las ganas que tenía de volver a ver esa ciudad que fuera la suya ocho años antes.
En la parada de autobús le esperaba Graham. Jon se había marchado de Dublín hacía ya un par de años, él ahora disfrutaba de su vida relajada y contemplativa en la Gran Manzana.
Graham era un chico de mente privilegiada y aficiones arriesgadas, rayando la locura, una especie de genio incomprendido que aún no había encontrado su lugar en este mundo, y quizás nunca llegara a encontrarlo. Al bajar Sandra del autobús le dio dos besos y la miró fijamente, comparando ese rostro del presente con el rostro que llevaba idealizando en su mente durante ocho años. No había cambiado mucho, tan sólo las incipientes arrugas alrededor de sus ojos delataban los años pasados.
- Hola Sandra
- Hola Graham, How are you?
- Bien. ¿Y tú?
Sandra observó a su amigo. Parecía que los años no pasasen para ese “baby-face” de ojos azules. Graham la acompañó hasta el Bed and Breakfast que había cogido para ese fin de semana.
- ¿Qué te “gusta” hacer?
- Tengo muchas ganas de ir al Organic Market, aprovechando que es sábado. Me encantaba ir allí con Jon.
- Ok, let's go so!.
Dirigieron sus pasos hacia Temple Bar, en una de sus plazas se ubicaba todos los sábados por la mañana el Organic Market. A Sandra le encantaba pasear entre las diferentes paradas del mercado, ver los productos, probar alguno de ellos. Comieron unos burritos orgánicos y luego fueron a dar una vuelta por la ciudad. Sus pasos les llevaron al Trinity College, dónde Graham y ella se habían conocido mediante anuncios de intercambio lingüístico que la gente dejaba en los paneles informativos de aquella universidad. Graham tenía una pequeña base de castellano, que había adquirido viviendo en Barcelona, mientras trabajaba en un pub irlandés de las Ramblas. En verdad, le importaba poco aprender castellano, símplemente le servía de excusa para conocer gente, sobretodo del sexo opuesto.
- ¿Aún sigues quedando con chicas para conversar en castellano?
- ¡Oh, no!, hace ya mucho tiempo que no lo hago. Pero yo no sólo quedaba con chicas.
- ¿Cómo que no?, ¿con cuantos chicos quedaste para conversar?
- mmm, quizás uno o ninguno.
Sandra soltó una carcajada. Estaba feliz, aunque echaba de menos la presencia de más personas queridas. Allí no estaba Jon....ni José. Sí estaba Molly Malone, o al menos su estatua, mirándoles mientras aguantaba su carreta.
El camino por Grafton Street les lleva hasta el parque de Saint Stephen's Green. Sandra rememora la escena inicial de la película Once, cuando en ese mismo parque, le intentan robar la guitarra al protagonista principal. Recuerda que al ver esa película le vinieron muchas ganas de volver a Dublin, pero aún así, ha tenido que esperar varios años más para poder hacerlo. Como si le estuviese leyendo la mente, de repente, Graham comienza a silbar la canción principal de la película, Sandra le mira y sonríe, con un poco de nostalgia.
- Me gustaría volver a dar un paseo por el Liffey.
- Come on!
El Ha'Penny Bridge, el puente más simbólico de Dublín, volvía a saludar a Sandra después de tanto tiempo. Como no, parece que sean los mismos mendigos de siempre los que se apalancan en el suelo del puente pidiendo a todo aquel que cruza el río Liffey. Honran el nombre del puente, que hace referencia al peaje de medio penique que debían pagar los que querían cruzarlo tiempos atrás.
Pasean en silencio, Graham nunca ha destacado por hablar demasiado. El camino les lleva lejos, hasta el Phoenix Park, por el que llegan hasta el monumento a Wellington. Otra vez Sandra rememora la vez que visitó ese parque con José. Y otra vez Graham le lee la mente.
- ¿Lo echas de menos?
- Cada día más.
El sol comienza a estar demasiado bajo y deciden volver al centro en tranvía. Ya es de noche cuando regresan a O'Connell Street.
- Vamos Graham, te invito a una pinta.
- ¿Estás tú segura que podrás beber una pinta entera?
- Absolut'ly, como decía Jon.
Tranquilamente, se dirigen a Temple Bar, mientras observan como las chicas de la ciudad se disponen a salir de de fiesta con sus minifaldas y sus blusas escotadas mostrando alegremente sus carnes sonrosadas. Sandra siente frío sólo de verlas.
Mientras toman sus pintas ambos hablan un poco de su vida. Graham le dice que cada vez está más cerca de su sueño de ser dibujante profesional, algunas galerías se han fijado en sus dibujos; por fin sus padres comienzan a confiar en él. Hacía un par de años que había conseguido dejar las drogas definitivamente, la desintoxicación no fue fácil.
Ni Sandra ni Graham se han dado cuenta de que alguien les está observando. Alguien que no ha olvidado a Sandra aún después de tantos años.
- Voy al lavabo. La cerveza ya quiere salir.
- Ok
Nada más salir del lavabo, Sandra siente que alguien le está agarrando entre la multitud.
- You! Fucking bitch! Do you remember me? You owe me money.
Después del inicial desconcierto, rápidamente Sandra recuerda a Oliver, su antiguo landlord, es decir, el casero de la casa donde estuvo viviendo casi tres meses. Sandra se fue sin pagarle considerando que ya estaba pagado todo con la fianza que le había dado al entrar a vivir en la casa. Estaba claro que Oliver no pensaba lo mismo. Sandra consigue zafarse y correr hacia la salida del pub esquivando la gente. Oliver va detrás de ella. Sandra consigue llegar a la puerta, pero, nada más salir, Oliver le da alcance. Ambos forcejean hasta que, de repente, el irlandés cae al suelo. Graham le ha propinado un buen golpe en la cabeza, que, sin llegar a dejarle inconsciente, lo deja al borde del KO técnico.
- Hurry up!
Ambos corren para alejarse de la zona. Después de cinco minutos de carrera, ven que ya no es necesario correr más y se toman un buen rato para coger aire.
- Por cierto, Graham. ¿Tú has pagado las cervezas?
- No, ¿y tú?
- Tampoco. ¿Cómo querías que pagara?
Ambos se rien con ganas. Van a cenar a un italiano cercano al Ha'penny Bridge, y después Graham acompaña a Sandra hasta su B&B.
- Mañana, ¿a qué hora quedamos?
- Si quieres, podemos quedar ahora mismo. No hace falta que me marche.
- Lo siento Graham, quizás en otra ocasión podría aceptar tu invitación, pero hoy no es un buen día. La ciudad me ha traído a la memoria muchos recuerdos, y no estoy preparada para olvidarlos de golpe.
- Don't worry. Mañana a las nueve te vengo a buscar y vamos a desayunar.
Sandra se va a dormir. Antes de caer profundamente dormida, piensa en su antigua habitación en Fairview, en la casa de Oliver, en las tardes con Jon y Graham, en las coladas colgadas encima de los radiadores para que secase la ropa de una maldita vez, en su primer nórdico que había comprado con José, en la peor tos que había enganchado nunca, en su trabajo en aquel supermarket, y, en definitiva, en todas las experiencias que había podido recopilar en su primer viaje. Se alegra de haber vuelto.



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3 comentaris:

M.TeReSa ha dit...

Moltes gracies pel teu comentari afalagador, la veritat es que no tinc mes fotos per la red, no m´acaba d´agradar l´idea de tenirles per la red al avast de tohom, enfi dec ser rarilla, ja que tothom ho fa.

Very good relat !!!! els teus escrits enganxen molt !!!! ho sabies ?
Petonsssssssssssss

Wambas ha dit...

Hola M.Teresa, doncs estic intentant averigüar si enganxen o no; per ara no he aconseguit enganxar tanta gent com voldria...però tot arribarà. Ja et demanaré alguna foto per a il·lustrar algun relat.
No m'extranya que siguis desconfianda a l'hora de penjar fotos, però estas privant a la gent del teu talent.
Gràcies a tu pel teu seguiment i els teus comentaris.

Mireia.viatge365 ha dit...

Para mi gusto este relato es un poco flojo... demasiado descriptivo y no le encuentro demasiado sentido a la aparición de Oliver. En fin, solo es mi opinión que quiero compartir.
Besos crack!

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