diumenge, 2 de maig de 2010

El pequeño tirano

Como cada año, Montblanc, la capital de la Conca de Barberà, se viste de gala para celebrar su fiesta medieval, en honor a Sant Jordi.
Durante dos fines de semana seguidos, este pintoresco pueblo es invadido por hordas de forasteros ávidos de disfrutar del mercado medieval, la gastronomía local, los espectáculos y los juegos infantiles.
Acabamos de digerir unas humildes viandas en un rincón apartado de la multitud y decidimos regresar junto al gentío de forma tranquila. La gente se agolpa junto a las improvisadas carpas con el objetivo de degustar los deliciosos manjares cuyos aromas impregnan los cuatro vientos. Los cochinillos dan vueltas sobre el fuego, alimentando las glándulas salivares de los hambrientos clientes, que esperan en la cola mientras observan girar y girar a los desafortunados lechoncillos. Incluso nosotros, que acabamos de comer, estamos tentados de unirnos a las interminables colas atraídos por tal visión.
Intentamos evitar la tentación dándole la espalda. Justo delante nuestro se levanta la muralla medieval del pueblo. En su base han atado unos cuantos caballos que pastan tranquilamente, ajenos al bullicio generado detrás de ellos. Como no tenemos nada mejor que hacer, decidimos apoyarnos en una barandilla y mirar los caballos un rato.
No tarda en aparecer por mi izquierda un mozalbete de unos seis años, conduciendo con su mano izquierda un coche de miniatura por encima de la barandilla, soltando onomatopeyas a diestro y siniestro. Detrás suyo camina su madre, con otro coche en su mano, imitando las onomatopeyas emitidas por su hijo. Sin apenas darme cuenta, ya tengo al niño a mi lado, empujándome, como si yo fuera cualquier otro obstáculo en su camino. No es difícil para mí adivinar que nada, absolutamente nada en este mundo, va a impedir que ese niño me quite a empujones de su camino; su coche no puede dejar la barandilla en la que yo me apoyo bajo ningún concepto. El niño “tocanarices” consigue su objetivo fácilmente; lo sé, soy un blando. Ahora tiene que superar a Lidia. Seguramente, si el niño supiera decir las palabras mágicas “Por favor”, ella se echaría a un lado y le permitiría pasar sin poner trabas, pero no las ha dicho; y no hay nada que más reviente a esta mujer que un niño maleducado y dictador.
La lucha es titánica. Incluso la madre del chaval despierta de su letargo y exhorta a su vástago con un tímido : “Pasa por detrás, cariño.”. El niño ha debido apreciar en esas palabras la debilidad de su madre y arremete con más fuerza, si cabe, contra ese obstáculo testarudo que no le permite hacer lo que él quiere. Al final, el obstáculo cede ante la terquedad dictatorial, y el vencedor sigue su camino por la barandilla como si nada; para él la victoria es lo más normal del mundo, está acostumbrado a vencer siempre.
Una vez que el pequeño Atila ha pasado por encima nuestro, nos dejamos caer de nuevo sobre la barandilla, mientras discutimos alegremente sobre como algunos hijos deberían castigar a sus estúpidos padres cuando estos se hagan viejos.
Aún estamos comentando la jugada cuando vemos acercarse de nuevo, ahora por el otro lado, al pequeño caprichosillo de los cojones. Esta vez, Lidia se planta desafiante, su semblante rojo de la ira – se podría confundir con un semáforo prohibiendo el paso – y las manos aferradas a la barandilla. Lo que nosotros vemos venir de lejos, la madre no es capaz de prevenirlo, quién sabe si por desidia o quizás porque a la pobre no le llega bien el riego. En fin, que nos encontramos en una auténtica lucha de pesos pesados, una mujer de armas tomar contra un niño que en sus pocos años de vida jamás ha oído la palabra NO, ni está dispuesto a oírla. Lidia cierra por completo el paso, el niño comienza a empujarla con cabeza, brazos y piernas, esta vez sin ningún éxito. La madre tarda diez segundos más en reaccionar y llamar al orden a su hijo:
- Pasa por detrás, cariño, por favor.
El niño no está acostumbrado a tanta resistencia, no comprende como alguien no le permite hacer lo que le sale de sus pequeños testículos y acaba perdiendo los papeles.
El monstruo comienza a patalear de impotencia, hasta llegar al punto de lanzar el coche de miniatura por encima de la barandilla, directo a los matorrales que descienden hasta el pie de la muralla cerca de donde pastan los caballos.
- ¿Y ahora qué haremos? - pregunta la madre al rey de su casa.
- Me das el tuyo. – contesta a su vez el rey, mientras arranca el coche de las manos de su madre.
Ambos marchan por donde han llegado, y nosotros nos quedamos observándolos. Un minuto más tarde nos cansamos de la barandilla de la discordia y nos marchamos, cruzándonos con la madre de aquella simpática criatura, que se dirige hacia los matorrales a recuperar el coche que su hijo ha lanzado. Mientras pasa por nuestro lado podemos observar como nos dirige una mirada con cierta hostilidad. Creo que nos echa la culpa del comportamiento de su hijo. Pobre mujer.

2 comentaris:

FEBE ha dit...

Para mi hubiera sido una situación dificil, pues me hubiese plantado igual que Lidia y por allí no pasa nadie jajaja, es increible como se educa a los niños hoy en día.

Wambas ha dit...

Jejeje. También podría tener otra lectura: la culpa fuese nuestra por no permitir al niño liberar su imaginación...pero que la libere sin pisotear al prójimo, ¿no?, creo que eso es algo esencial que deben aprender, y para eso estaba su madre. Saludos y gracias

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