dimecres, 12 de juny de 2013

La comunidad de clientes


- Preguntan por ti.
- Voy. ¿Algún habitual?
- No, a éste no lo había visto antes. Tiene cara de tontito.

Laura apagó el cigarrillo en el cenicero, dejó la revista abierta encima del viejo sofá y se levantó intentando evitar aquel rumor de muelles que tanto le irritaba. Se asomó a la puerta y el corazón le dio un vuelco.

- ¿Qué haces tú aquí?
- Me diste la tarjeta.
- No pensé que vendrías.
- Pues he venido.
Los dos se quedaron allí parados, en silencio durante unos segundos, en el oscuro umbral de aquel entresuelo del barrio del Raval.

- ¿Puedo entrar?
- ¿Para qué?

Laura sabía que la pregunta era absurda, pero quería hacer recapacitar a aquel tío y que se volviera por donde había venido. No quería problemas y él era uno de los gordos.

- Quiero hacerlo contigo.

Laura pensó en esa misma mañana, cuando aquel hombre había llamado a la puerta de su casa.

- ¿Qué quieres?
- Soy tu vecino de abajo.
- Sé quién eres.

Él le enseñó lo que llevaba en su mano izquierda. Un tanga rojo.

- Ayer me lo encontré en las cuerdas de tender. Supongo que es tuyo.

Laura pensó que no era difícil llegar a esa conclusión. Sólo podía ser suyo o de los inquilinos del piso de arriba, un hombre soltero con su madre octogenaria. Era complicado –aunque no imposible- que alguno de los dos usara un tanga rojo y más de esa talla.

- Muy observador. Gracias.

Laura extendió la mano, pero él no pareció darse cuenta, o quizás su mano se negaba a devolverle la prenda a su dueña.

- Me llamo Gerard.
- Yo Laura.
- Lo sé. Dicen por ahí que eres prostituta.
- Ya, también he oído que tú eres gilipollas. ¿Es verdad?
- Supongo que sí. ¿Lo tuyo es verdad?
- ¿Y a ti que te importa?
- Me podría interesar.
- ¿Tú no estás casado?
- Sí. ¿Para ti es un problema?
- ¿Tú qué crees? Somos vecinos, tu mujer es vecina mía también. ¿Quieres que follemos en mi casa para que ella oiga tus jadeos en el piso de arriba? ¿O prefieres hacerlo en la cama de matrimonio?
- Pensaba en tu casa.
- Desde luego eres gilipollas.
- ¿Dónde trabajas?
- Aquí no.
- Dime dónde e iré.
- ¿Pero se puede saber qué te pasa? No pienso liarme con un vecino casado.
- Pero eres puta.
- Imbécil.
- Perdona, pero se supone que tú cobras por follar, te da igual con quién.
- A mí no me da igual. Para que lo sepas, yo elijo mis clientes y desde luego no elijo aquellos que me pueden dar problemas.
- Yo no te daré ningún problema.
- Claro. Si follamos hoy, mañana vendrás a pedirme un poquito de sal y de paso, ya que estamos, ¿por qué no te hago una mamadita?
- Te juro que no soy así.
- Mira, toma la tarjeta de mi club. Si te interesa vienes allí y eliges con quién echar un polvo, como cualquier cliente. Pero no me molestes aquí, el tío del piso de enfrente es un cotilla de narices, fijo que ahora mismo nos está vigilando por su mirilla. Vete si no quieres que esta tarde hable todo el edificio del vecino del segundo que le hace los cuernos a su mujer con la puta del tercero. ¡Y dame mi tanga!

Laura arrebató el tanga de la mano de Gerard y le cerró la puerta en las narices. Él se quedó unos segundos allí parado, con la tarjeta en la mano; finalmente sacudió su cabeza como si despertara de un sueño y se guardó la tarjeta en los tejanos mientras bajaba las escaleras.



Los recuerdos se desvanecieron pero el vecino seguía allí, delante de la puerta del club.

- Entra.

Laura lo llevó a una habitación, ahora ya no había vuelta atrás. En el momento que un hombre entra en el club se convierte en cliente y ha de pagar. Por lo tanto Laura debía darle el servicio que él quisiera. Pero ¿qué debía haber hecho? No podía permitir que aquel capullo le montara un espectáculo en la puerta del club. Su error había sido darle su tarjeta para sacárselo de encima. Ahora debía apechugar con las consecuencias.

- Mira tío, voy a hacerte cosas que ni siquiera habías soñado, ¿vale? Pero cuando te hayas desfogado me pagarás, te marcharás por esa puerta y cuando nos veamos en el edificio ni me mirarás. ¿Hay o no hay trato?
- De acuerdo.

Laura le mostró a su vecino, ahora cliente, todas las cosas que sabía hacer. Estuvieron un par de horas sin apenas pausas, hasta que en un nuevo orgasmo él se atrevió a besarle en la boca. Ella lo separó de un empujón.

- Ya está. Paga y márchate.

Él no dijo nada, se vistió y pagó. Antes de marchar, en la puerta, se giró hacia ella. Pero antes de que pudiera abrir la boca, ella le puso un dedo en los labios.

- No digas nada, vete.

Él volvió a darle la espalda y comenzó a bajar las escaleras. Mientras se alejaba escaleras abajo ella le observaba. “Un día de estos vendrá a visitarme su mujer con un cuchillo en la mano, o quizás él mismo. No hay nada peor que traerse al trabajo la comunidad de vecinos”.

2 comentaris:

Miguel Emele ha dit...

Me gusta mucho, especialmente los diálogos. Un abrazo, Wambas.

David ha dit...

dic el mateix que en Miguel. L'inici del diàleg Gerard - Laura és boníssim.

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