dilluns, 2 de febrer de 2015

Ensayo sobre la sordera

"¿Me estás escuchando?" La puerta se cerró de un portazo, fue la única respuesta que obtuvo Miguel por parte de su hijo. Cada día lo mismo, era como hablar con una pared. Pero, para sorpresa de Miguel, ese no iba a ser el único muro con el que debería enfrentarse durante todo aquel día. Ni mucho menos.
Cuando salía del edificio, en la portería se cruzó con un vecino, "Buenos días", pero el saludo de Miguel no recibió respuesta, "No me habrá oído" pensó.  Pero no era excusa, el hombre al entrar le había mirado de tal manera que rallaba lo impertinente, y cuando Miguel saludó, siguió mirándole sin ni siquiera separar los labios en un amago de respuesta. "Gilipollas como éste abundan en todas las escaleras".
Cogió el metro y a la hora de salir del vagón una mujer le interceptaba el paso. "Perdone" dijo, pero ella ni se inmutó. "Otra sorda y ya van tres, menuda mañanita llevo". Finalmente tuvo que empujarla para poder salir, a la altura de las puertas notó que alguien le ponía la zancadilla por detrás. Trastabilló pero consiguió mantener el equilibrio. Cuando se giró ya se habían cerrado las puertas, a través de los cristales sucios observó con terror la mirada de odio que la mujer le lanzaba. "Seguro que me ha echado una maldición". El convoy se marchó pero él aún notaba aquellos ojos llenos de rabia sobre él.  Corrió hacia las escaleras mecánicas para evitar que el metro pudiera regresar y la vieja bruja le encontrara aún allí. 
Ya en la oficina, llegó hasta su puesto de trabajo saludando a diestro y siniestro, "Buenos días, buenos días, buenos días,..." Nadie le contestó y a punto estuvo de gritar "BUEEEENOS DIAAAAS" pero se contuvo a tiempo, consciente de que tal imprudencia le podía costar el empleo.  Más tarde se acercó a la máquina del café a sacar un cortado. Allí varios compañeros discutían de política, intentado gritar cada uno más que el resto , haciendo oídos sordos a las demás opiniones, en un pandemonium colosal que invitaba a escapar tan rápido como fuera posible para evitar perder el juicio. Miguel se fue sin su cortado, ya no le apetecía.
"Martínez, hoy deberíamos entregar el memorándum que te pedí ayer", "¿Hoy? Pero si no tenemos ni la mitad de los datos que se necesita para cumplimentarlo". El jefe ya se había marchado con su taza de café, dándole la espalda a Miguel, "otro sordo más"  pensó de nuevo. Ese trabajo inesperado le comportó un par de horas extras de trabajo.
De vuelta a casa, con el alma por los suelos, de nuevo subió al metro y allí se encontró con un conocido del barrio, "Vaya día de locos que llevo" - le explicaba el otro. - "Esto no hay quien lo soporte, hace una hora que debería haber salido del trabajo..." "Y yo dos" le comentó Miguel, pero el otro no le escuchaba, continuaba su discurso como si hablase para sí mismo. 

Y en ese momento Miguel ya no pudo más y se sumergió en su propio interior. Y pensó "¿Qué le pasa a todo el mundo? ¿Acaso hay una epidemia de sordera?¿Es que ya nadie escucha a los demás?".
Mientras tanto, alguien en el vagón gritó "¡Me están robando, socorro!", dos chorizos le estaban quitando la cartera y el móvil a punta de navaja. Los gritos de la víctima rompieron la calma del convoy, pero nadie parecía oirlos, nadie miraba hacia aquel hombre, hacia sus agresores. Ni siquiera Miguel, él también había sido contagiado.

1 comentari:

A ha dit...

Me había perdido este relato estoy pasando una mala racha y hacia tiempo que no venía... Craso error. Me gusta el tema, el planteamiento, la resolución final. Vivimos tiempos de sordera, de muros contra los que rebotar la voz, de gritos.
Gracias vuelve pronto y yo haré lo mismo.
Besos desconcertados

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