diumenge, 1 de febrer de 2015

Miel


Ella miraba a través del cristal del autobús, pensando en vete a saber qué; mientras, yo le observaba. Hubiese pagado por conocer los derroteros por los que aquella pequeña mente divagaba en aquellos momentos. Su boca, sellada por los preciosos labios, sus manitas totalmente quietas sobre las piernas, sentada en su asiento, tranquila. Y esos ojos color miel que de pronto amagan con cerrarse. “Se está durmiendo” comprendí. La llamé por su nombre, suavemente, ella se giró y me miró, de nuevo sus ojos captaron mi atención. Preciosos, cansados, suplicaban poder cerrarse y dormir plácidamente. No era posible, nos quedaba poco para llegar a la parada y no podía dejar que se durmiera. "Aguanta un poquito, amor", le dije, y ella me ofreció una mirada resignada. 
Y esos ojos, de repente, me hicieron víctima de una epifanía; viajé a un día futuro, cuando ella irá en el autobús con otras personas, amigas, amigos, su nuevo amor. E incluso ahora me duele el corazón al recordar ese momento, la certeza de que seguramente no seré testigo de los momentos más especiales de la vida de mi hija. Ella me dejará al margen, porque así es la vida. 
Durante años sus padres seremos su referente, pero un día no muy lejano ella volará y nos quedaremos en tierra, esperando que el viento nos la devuelva para que pueda compartir con nosotros sus alegrías y sus penas, sus éxitos y sus fracasos, y ofrecernos cuando necesite un abrazo.

Y en aquel momento no pude resistirme y la abracé mientras le besaba la cabeza, la hubiese estrujado contra mi pecho deseando protegerla con todas mis fuerzas. Ella se durmió y así continuó, entre mis brazos, cuando bajamos del autobús.

1 comentari:

A ha dit...

Querido mío... bienvenido al club.
Preciosa entrada aunque con ese título no podía ser de otra manera.
Abrazo.

Licencia de Autor