diumenge, 11 d’abril de 2010

Mai Tai y el destino

Mai Tai se despertó sobresaltada, algo la había asustado y, de pronto, la oscuridad había desaparecido. Ya había amanecido, y en pocas horas el calor se haría insoportable. El sol es implacable en esa zona de Tailandia, aunque Mai Tai no sabía que era Tailandia, ni qué era el sol, tan sólo percibía que una sensación muy molesta le invadía y que el cuerpo le pedía buscar un sitio más fresco donde cobijarse cada vez que aquel objeto estaba allí arriba, tan alto, sin dejarse tocar, ni siquiera mirar.
Pero en esos momentos, el sol aún era soportable y no preocupaba a Mai Tai, que se desperezó estirando sus patas y, a continuación, se sacudió el pelaje. Buscó a su amo pequeño con el olfato, pero no había ni rastro de él. Sí le llegaron aromas de comida, pero sabía que la ama grande no le permitiría probarla, así que no se preocupó en intentar un acercamiento y se mantuvo estirada en el suelo, mirando distraidamente una piedra enfrente suyo.
La perrita no sabía que era domingo y, por lo tanto, la familia se levantaría más tarde de lo habitual, excepto la madre que, como Mai Tai, no entendía de fiestas. Se trataba de una perrita muy inquieta, así que no tardó en aburrirse de esperar y decidió ir a dar un paseo por su propia cuenta, quizás así pudiera encontrar algo para comer o jugar, o quizás ambas cosas.
Mai Tai empezó a caminar despreocupadamente por el poblado, conocía bastante bien la zona, la tenía marcada con el olor de su orina. Constantemente se cruzaba con otros perros, la mayoría amigos, pero también había algunos que le ponían nerviosa. En diversas ocasiones, algunos de esos perros le habían hecho daño cuando ella sólo quería jugar. También los había que, en vez de jugar, se ponían a olerle por detrás, llegando incluso a subírsele encima, cosa a la que ella se había resistido de forma agresiva. Odiaba que le olieran el trasero, ella sólo quería jugar y comer.
En estos pensamientos estaba cuando algo llamó su atención, un sonido; sus ojos buscaron el origen de éste y vieron un ratón a corta distancía. Para ella se trataba de un juguete con el que divertirse un rato. El ratón intentó esconderse entre la hierba, pero la perrita, guiada por su fino olfato, no le daba tregua. La persecución se alargó varios minutos; el ratón era rápido y astuto, y poco a poco ambos fueron alejándose de las casas. Mai Tai estaba tan concentrada en el juego que no se daba cuenta que cada vez se se alejaba más de la zona que ella conocía.
Finalmente dio caza al ratón, y dedicó un buen rato a jugar con éste hasta que su juguete dejó de moverse. Desilusionada por el final del juego, echó un vistazo a su alrededor y se encontró completamente desorientada. Vagó sin rumbo mucho tiempo, su cuerpo sentía sobre sí el molesto calor del sol de mediodía tropical, pero al final llegó a un lugar que heló su sangre.
Ya había estado allí, o eso pensaba, pero sin embargo no recordaba los olores que llegaban a su olfato. La pobre perrita no era capaz de entender que había visto ese lugar en sus pesadillas justo antes de despertarse bruscamente esa mañana. Frente a ella se mostraba un suelo oscuro por el que corrían animales con patas muy raras, muy anchas y negras, parecían no moverse, y sin embargo esos animales corrían a gran velocidad. Ninguno de ellos la miraba, no parecían sentir ningún interés en ella, sólo se perseguían entre ellos sobre ese suelo oscuro. De vez en cuando, cruzaban ese suelo, a menos velocidad pero también muy rápido, animales que por sus cabezas le recordaban a sus amos, pero tampoco movían sus patas.
Tras un primer momento de miedo, al ver que los otros animales no le hacían caso, comenzó a sentir curiosidad por saber cómo olerían; quizás si se acercaba a alguno de ellos le permitirían jugar a perseguir. Se acercó al suelo oscuro, lo pisó, su tacto era duro y emanaba mucho calor. Vio como lentamente se acercaba un animal pequeñito, aunque cada vez parecía más grande y un poco más rápido.
Seguro que parará a olerme, seguro que parará, cada vez más cerca, ahora no es tan pequeño, es muy grande, espero que par...
- ¡Oh! ¡Por Dios!
- ¡Oh! ¡pobrecito, qué pena!
- Tranquilos – dijo Paco, el guía tailandés -, creo que ha salido corriendo por el otro lado.
- ¿Seguro?, a mí no me lo ha parecido – contestó uno de los turistas que iban en el monovolumen.
- Bueno, en caso contrario tampoco pasa nada, seguro que se reencarna en chófer de monovolumen. - y diciendo esto, Paco soltó una ligera carcajada y se giró hacia los turistas para ver si ellos le seguían la gracia.

4 comentaris:

Anònim ha dit...

un poco triste

Wambas ha dit...

y cruel...como la vida misma.

Saludos

Mireia.viatge365 ha dit...

joder, muy bien enlazado.
Me ha gustado mucho: tanto la introducción, nudo, como desenlace me parecen muy buenos.

Seguramente, es dificil ponerse en la piel y los pensamientos de un perro, y la historia no fue bien bien así... pero buena imaginación!

BESOS!!!!
Felicidades, y es verdad... es un poco triste.

Anònim ha dit...

Muuuuchas gracias Mireia por tu seguimiento. Y también por las buenas críticas. Últimamente echaba de menos feedbacks positivos. A ver si esto me anima para seguir metiendo caña. Este relato lo escribí integramente en el aeropuerto de Munich, mientras esperaba el vuelo a Tokyo, eso es aprovechar el tiempo, jejeje. Besos

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