dilluns, 6 de maig de 2013

El día de la Madre



Aparcaron el coche en la plaza del pueblo, al lado del bar. Ambos salieron del vehículo, pero mientras Sonia iba a preguntar al dueño del local, Carlos, su marido, se quedaba junto a la puerta, evitando acercarse para no molestar.  A distancia observó la curiosidad del hombre ante las preguntas de su esposa y el posterior gesto de negación acompañado de un “lo siento”. Ella siguió preguntando cosas hasta que le dio las gracias y se giró para marchar. “Espere”,  ella se detuvo y miró al hombre del bar, “Hay alguien que le conocía muy bien”. Le dio todos los detalles que precisaba para encontrar a aquella persona y esta vez sí que marcharon dándole de nuevo las gracias.

- Falleció hace un par de años.
- Joder, lo siento. – sabía lo importante que había sido para Sonia aquella búsqueda, debía estar rota por dentro aunque no lo demostraba en su rostro, siempre serio en los últimos meses.
- Sabíamos que era difícil. Pero me ha dicho que una persona que vive aquí al lado la conocía muy bien. ¿Te importa que le hagamos una visita? Necesito saber más.
- Para eso hemos venido.

En todo pueblo parece que hay una calle Real, desconozco si la causa es que la gente de los pueblos es muy monárquica o porque piensan que el resto de calles no existen, que esa es la única calle y las demás son artificiales. La persona que buscaban vivía en el número siete de dicha calle, la fachada del edificio era muy sencilla, la puerta vieja, descolorida y con muchas grietas en la madera. Tenía un picaporte y Sonia lo golpeó tres veces, con firmeza. “Ya voy”, la voz sonó desde el interior. Un hombre de unos sesenta años les abrió.

- ¿Sí? ¿En qué puedo ayudarles?
- Nos han dicho que usted conocía muy bien a Ángeles López. Soy su hija.

El hombre tardó medio minuto más o menos en contestar. Se quedó observando los ojos de Sonia sin decir palabra.  “Así que eres tú”, su voz sonó triste, entre cansada y enfadada. “Así que eres tú”, repitió, ahora sólo sonaba triste y cansada. Les abrió la puerta y les hizo un gesto para que pasaran, sin decir una palabra más. Se dirigieron a la cocina y allí se sentaron alrededor de una pequeña mesa donde había un plato de judías y un vaso de vino.

- Estaba comiendo, si gustáis…
- No, muchas gracias. – Sonia no quería más que respuestas.

El hombre dejó el plato sobre la encimera y en su lugar puso dos vasos más en la mesa, los llenó de vino sin preguntarles si querían o no. Luego se sentó.

- ¿Qué sabéis de Ángeles?
- Nada. Sólo que era mi madre biológica.
- ¿Te lo dijeron tus otros padres?
- Mi madre, antes de morir.
- Tu madre.
- Durante toda mi vida había sido mi madre. Siempre será mi madre, la única que conocí.
- ¿Y qué te dijo exactamente? ¿Que unas monjas te arrancaron de los brazos de tu madre nada más nacer para darte a ellos?
- Me dijo que ellos no podían tener hijos y que tenían mucho para ofrecerme. Que no estaba orgullosa de lo que habían hecho pero que estaban seguros que me habían dado mucho más de lo que hubiese podido tener de una madre soltera.
- Tu madre era soltera porque sus padres no querían que se casara con el hombre al que amaba.
- ¿Era usted su amante? ¿Usted es mi…?
- No, no fui yo.
- Pensaba que..
- Era mi hermano. Pero yo también estaba enamorado de ella. Él murió en un accidente, trabajando como un burro y corriendo grandes riesgos, obsesionado en ganar mucho dinero para poder casarse con tu madre. Ella nunca superó su muerte y yo fui el hombro en el que lloró durante años, hasta que al final murió de tristeza por lo que pudo ser y nunca fue.
- ¡Dios mío! – la máscara de frialdad que Sonia había intentado mantener desde  la muerte de su madre se quebró y las lágrimas comenzaron a brotar a borbotones.
- Nunca tuvo ojos para ningún otro hombre. Yo nunca intenté sustituirle, sabía que era imposible y que lo único que conseguiría sería hacerle más daño. Así que soy tu tío.
- Hábleme de ella por favor, necesito saberlo todo.

El hombre les contó todo lo que Sonia quería saber, dio tiempo para que les sirviera un par de vasos más a cada uno de aquel vino peleón. Sonia sació su sed de curiosidad, sólo quedaba una última pregunta. “¿Dónde la enterraron?”. El hombre cogió su chaqueta y los llevó hasta el camposanto.

“Aquí yace Ángeles López. Cincuenta y seis años. Soltera y sin hijos”. Sonia se juró que no permitiría durante mucho tiempo que esa lápida siguiera mintiendo, iba a cambiarla por una nueva lo más pronto posible, una que no mintiera. Por el camino había ido cogiendo flores, las dejó encima de la tumba. Los dos hombres la dejaron a solas para que ella pudiera hablar con su madre, la que nunca conoció. Unos minutos después Sonia se levantaba y volvía con ellos.

- Me preguntaba si no tendría usted…
- Espera un momento – el hombre sacó su cartera y le dio a Sonia la única foto que llevaba – toma, te mereces esta foto más que yo.

Sonia miró la foto, acarició el rostro fotografiado y le dio las gracias al hombre. Volvieron al coche y marcharon. Ella prometió volver cada día de la Madre.

3 comentaris:

Miguel Emele ha dit...

Triste pero bonito. Buen relato, Wambas. Un abrazo y muchas gracias por hacerle propaganda a mis fotos.

FEBE ha dit...

Esta historía es muy triste pero es la realidad actual de muchas personas que fueron arrebatadas de brazos de sus madres, este caso no terminó bien , pero espero que otros si acaben satisfactoriamente.

A ha dit...

La historia de los niños robados es de las más terribles que han salpicado nuestros últimos años. Abusos, extorsiones, compra venta e seres humanos. Es un drama que me es muy cercano. Me parece un muy buen cuento. Gracias Wambas!!
Un abrazo.

Licencia de Autor