dilluns, 14 de març de 2016

Huelga blanca


Se oye un mensaje por la megafonía de la estación. Todo el mundo agudiza el oído pero sin querer escuchar malas noticias. "Les recordamos que en todas las estaciones disponemos de desfibriladores en los diferentes andenes". Ni buenas ni malas, al menos por ahora, a pesar de que no se descarta que alguien pueda sufrir un infarto antes de que el metro se ponga en marcha. De pronto, se oye a alguien resoplar entre la multitud que se hacina en aquel vagón.

- Esto es inhumano. - dice una señora.
- No, es una huelga. Una huelga en cubierto. - dice un hombre a su lado.
- ¡Claro que es una huelga! - interviene un tercero. Los muy cabrones están ralentizando el servicio expresamente. En cada estación paran tres minutos en vez de uno. Así a los pasajeros no nos queda más que agolparnos como borregos
- En Roma -apunta el hombre de antes- hace unos años hicieron algo parecido. Fue un caos. Se llama "huelga blanca". 
- ¿Qué más da cómo se llame? -estalla la señora- A los responsables de esto les tendrían que colgar de las pelotas.
- ¡No se ponga así, yo solo he dicho...
- ¿Se quiere callar? Me está poniendo nerviosa.
- Mantengamos la calma. - interviene de nuevo el tercero para bajar la tensión.

Ya no cabe más gente en el vagón. Los que llegan al andén se detienen frente a las puertas del convoy impotentes, observando los nudos de brazos, cuerpos y piernas apelotonados en el interior. Esperarán otro metro, o quizás un par más porque el siguiente promete llegar igual de abarrotado. Miran nerviosos el reloj, cosa que los de dentro no pueden hacer al encontrarse completamente inmovilizados. "Pi pi pi pi pi" El metro cierra puertas y los más cercanos a las puertas empujan hacia dentro aumentando la presión en el vagón. Lejos de rebajarse la tensión, el nerviosismo se mantiene por los vaivenes del viejo convoy. Los pasajeros que no han podido agarrarse a las barras son zarandeados de un lado a otro, empujando a los que están a su lado y también a los que no, en un efecto dominó.

Se oyen disculpas cada vez que un pasajero educado pisa a otro involuntariamente. Si alguien pensaba que llegar a una estación con trasbordo iba a aliviar el convoy se equivoca por completo. Sagrera, Clot, Urquinaona, las tres estaciones rebosan de hormigas que se agolpan delante de las puertas del convoy y que apenas dejan un pequeño pasillo para que salga la gente. No han acabado de salir a trompicones los de dentro que ya están entrando los más espabilados de fuera empujando sin ningún remilgo. Más de una patada se escapa. Incluso uno que sale se gira para golpear con el puño en la espalda del que la tapaba la salida y que ni siquiera se inmuta por la agresión. Los que se quedan dentro se agarran más fuerte a las barras, luchando por no ser arrastrados por la oleada que se interna en el vagón. Bajaron muchos, suben más, y el conductor de nuevo alarga la espera mucho más de lo normal.


- Esto no es normal. Son unos saboteadores. -dice uno que acaba de entrar.
- Sí, eso comentábamos -dice la mujer de antes - es una "huelga blanca".
- Eso lo he dicho yo...
- Sí, ¿y qué?

El tono de la mujer obliga al hombre a cerrar la boca. Llega una nueva estación, Catalunya. Esta vez, el metro se detiene el tiempo justo para que hordas de pasajeros se apeen de los vagones. Tres de ellos, se acercan a la cabina del conductor.

- ¡Menudo morro tenéis! - le dice la señora a la conductora, que ni se inmuta.
- ¡Sinvergüenzas, tendríais que pagar vosotros las horas que perdemos por vuestra culpa! - dice uno de los hombres, mientras el otro se dedica a golpear con la mano en el cristal.

La conductora ni les mira mientras pone el metro en marcha y se despide dirigiéndoles una peineta.

- ¡Será ...! - dice la señora.
- Se aprovechan de la pobre gente que cada día tiene que coger el metro.
- Los tendrían que echar a todos. ¡Así aprenderían!

Y los tres suben las escaleras mecánicas protestando pero sin la mínima intención de poner una queja formal. Así, sin quejas, mañana, o quizás pasado mañana, volverá la huelga blanca.

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