divendres, 26 de febrer de 2016

El peregrino

"En el camino aprendí
que llegar alto no es crecer,

que mirar no siempre es ver
ni que escuchar es oír

ni lamentarse sentir
ni acostumbrarse, querer...

En el camino aprendí
que estar solo no es soledad,
que cobardía no es paz
ni ser feliz, sonreír
y que peor que mentir
es silenciar la verdad."

Rafael Amor


Volvió a apoyar el cayado en el suelo. Dio un paso. Ya estaba un metro más cerca de su objetivo. Los pies le dolían como no recordaba, ni siquiera de cuando se le hinchaban tanto después de doce horas despachando clientes detrás de un mostrador. Además, en esta ocasión, su sacrificio no era remunerado, al menos económicamente. La recompensa iba a ser de otra índole. Era su ser interior el que iba a enriquecerse al conseguir superar una prueba tan dura.
El Camino le estaba ayudando a conocerse como jamás lo había hecho. Cada noche, en un hostal diferente, al meterse en el incómodo catre, sentía como el dolor le alcanzaba desde las uñas caídas de los pies hasta la coronilla quemada por el sol. Sin embargo, lejos de deprimirse, aquel dolor le ayudaba a valorar los kilómetros devorados por el día, los tragos frescos de agua bajo un Lorenzo implacable, el descanso a la sombra por la tarde y la frugal cena saboreada como si se tratara de un manjar digno de reyes. Y siempre, antes de dormirse, su último pensamiento estaba dedicado a su amigo Isidoro. "Si estuvieses aquí, viejo amigo, ¡cómo disfrutarías! Esto lo hago por ti" . Y así se dormía.

Sin darse cuenta, Miguel se había detenido. Aquella jornada con el sol y los kilómetros que ya llevaba pegados a las suelas de las botas, le estaba costando mucho más de lo normal. "Esto es lo que los ciclistas llaman una pájara" pensó. Al lado del camino vio un árbol frondoso en medio del páramo, que es lo mismo que decir en medio de la nada. Le pareció un milagro, quizás Yago le había escuchado, así que decidió no hacerle un feo al Santo. Le extrañó no tener ningún otro peregrino a la vista y pensó que quizás él había sido demasiado temerario al enfrentarse a aquel sol tan justiciero. Por la mañana se había dormido y no había podido aprovechar las primeras horas del día para caminar a la fresca. Acababa de encender un cigarrillo cuando a lo lejos, en el camino, divisó una nube de polvo que se acercaba rápidamente. Era una moto, si es que a una Harley Davidson Sportster 883 se le puede llamar así sin que los entendidos te miren mal. La conducía un motorista con un mono de cuero negro ajustado. La Harley se detuvo delante del árbol donde descansaba Miguel. Él se dio cuenta de que las curvas perfectas del piloto presagiaban que algo peligroso estaba a punto de suceder. Él se quitó el casco para convertirse en Ella, la mujer más sexy que Miguel hubiese visto nunca.

- ¿Te vas a quedar con la boca abierta toda la mañana o vas a subir a mi moto?
- ¿Estás de broma? - Miguel siempre fue muy desconfiado.
- ¿Te parece que bromeo?
- ¿Me quieres llevar a Santiago?
- A Santiago exactamente no, pero no creo que eso sea un problema para ti.
- ¿Quién eres?
- ¿Acaso importa?
- ¡Claro que importa! ¿Quién eres?
- Soy tu ángel de la guarda.
- Pues más que un ángel pareces un demonio muy malo.

Y la voz de alguien al lado de Miguel contestó "Has dado en el clavo". Él conocía aquella voz.

- ¡Isidoro! ¿Qué haces aquí?
- Yo sí que soy tu ángel de la guarda. Esta tiparraca es uno de los demonios de Satanás.
- Ha venido a tentarme, ¿no?
- Sí, suelen tentar a los peregrinos cuando estos están más débiles, pasando por momentos difíciles como tú.
- Yo no estoy pasando un momento difícil, solo estoy descansando y esperando a que el sol baje un poco.
- ¡Bien! Entonces manda a esta furcia a tomar por saco.

La chica observaba a Miguel desde la moto. Él no sabía si ella podía ver a Isidoro o no. Miguel no era creyente pero creía en poderes ocultos que arrastraban el destino de los mortales. "¡Qué cojones!", exclamó. Tiró la colilla humeante al suelo, se levantó y se dirigió hacia la moto.

- Hoy es tu día de suerte, demonio. Llévame donde te de la gana.

Isidoro protestó.

- ¿No decías que esto lo hacías por mi?
- Y esto también lo hago por ti.  Al fin y al cabo, la vida es para vivirla y las oportunidades son para aprovecharlas. ¡Venga, guapa, vamos!

Miguel se agarró bien fuerte a aquellas caderas perfectas. La chica se ajustó el casco y arrancó sobre la rueda trasera dejando una estela de fuego en el Camino. En medio de aquel estruendo, Miguel pudo escuchar la voz de Isidoro exclamando "¡Menudo canalla!, y soltar después una carcajada que seguro que fue oída por los demonios del cielo y los ángeles del infierno.

Quizás solo sea un sueño, quizás de pronto se despierte a la sombra del árbol, o quizás no despierte nunca, pero dejadle que mientras tanto lo viva.

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