diumenge, 27 de juny de 2010

El abrazo

El caballo relinchó cuando sintió el fuerte tirón de bridas, frenando bruscamente su veloz galope. El jinete saltó de su montura y se dirigió hacia la puerta de aquella cabaña. Por una de las ventanas se filtraba una tenue luz, por lo que el jinete sintió un pequeño alivio ante la esperanza de encontrar a la mujer, el motivo de su carrera a galope tendido.
El hombre subió de un salto los cuatro escalones hasta la puerta, agarró el picaporte y lo golpeó con fuerza.

- ¡Abre mujer!

Esperó un momento, y ante la ausencia de señales de movimiento en el interior de la vivienda, volvió a golpear el picaporte con fuerza.

- ¡Por el amor de Dios!, ¡Abre!

Ahora sí que pudo escuchar unos pasos que se acercaban sin prisa.

- ¿Quién es a estas horas?
- Soy el párroco del pueblo. Necesito tu ayuda.

La puerta se abrió de inmediato. Ante el párroco se fue mostrando poco a poco la figura de aquella mujer tan bella y tan extraña.

- ¿Qué desea de mí el señor cura? ¿Quizás está buscando un poco de calor?
- No digas sandeces y escúchame – replicó el párroco muy serio -. Mi madre está muy enferma, el doctor ya no sabe qué más hacer para intentar frenar su muerte. Por eso acudo a ti, desesperado.
- ¿Qué le pasa?
- Tiene una fiebre muy alta y no para de delirar. Lleva dos días sin comer nada y sufre unas diarreas muy fuertes.
- Espéreme un momento fuera que voy a coger todo lo que necesito.

El párroco obedeció pacientemente mientras observaba a la mujer ir de un lado a otro buscando esto o aquello. Por un momento, el siervo del señor, se imaginó a aquella mujer desnuda, yaciendo con él, los dos entrelazados, y rápidamente intentó rechazar las tentaciones del maligno fuera de su mente. No era el momento para una batalla espiritual, estaba en juego la vida de su amada madre, la mujer que realmente le importaba en este mundo pues a éste le había traído hace treinta años y hasta ese momento había cuidado de él de forma ejemplar. De todos modos, el párroco no pudo dejar de pensar en aquella mujer…
Se llamaba Judith, aunque en el pueblo todos la conocían como la bruja. Vivía lo suficientemente lejos del pueblo para que los que la odiaban la dejaran tranquila, y lo suficientemente cerca para que aquellos que la desearan pudieran llegar a ella y pagar por sus favores sexuales. Gracias a la venta de su cuerpo, y también a la venta de sus recetas, la mujer podía subsistir sin problemas, aunque sin muchos lujos, tampoco los necesitaba y la ostentación seguramente le hubiese acortado la vida. Nada perjudica más la salud que la envidia de los demás, puede llevarte a la hoguera.
No, Judith lo único que buscaba era ser libre, no ser la mujer de nadie y a su vez ser la de todos los que le apeteciera, o la de aquellos que pagaran bien. El cura poco sabía de todo esto, él tan sólo conocía las habladurías de las mujeres envidiosas que veían como sus maridos eran embrujados por aquella hechicera y desaparecían durante unas horas para volver directamente a sus lechos sin decir ni pío. Pero a parte de las habladurías, el párroco sentía una atracción especial por aquella mujer. Ambos habían coincidido en la escuela del pueblo de pequeños, sólo que ella tan sólo había asistido a clase un par de años. Recuerda como ya de pequeño se sentía maravillado por aquellos ojos verdes, y también por aquella rebeldía pura. A Judith siempre la echaban de clase por llevarle la contraria al maestro, mientras que él era el alumno más aventajado, predispuesto para llegar a ser algún día el párroco del pueblo. Con el tiempo, ella dejó de ir a clase para quedarse a ayudar a su madre, viuda desde que Judith era un bebé. De su madre ya se decía que era una bruja, y algunos habían llegado a acusarla del asesinato de su marido, que le pegaba cada vez que se emborrachaba, es decir, prácticamente cada día. Lo único que salvó a la madre de Judith de la hoguera fue que el alcalde del pueblo era su amante, y estaba tan enamorado de ella que evitó el linchamiento arriesgando su propia vida. Judith heredó la belleza salvaje de su madre, algunos incluso pretendían ver la mano de Satán en la similitud existente entre madre e hija. Judith aprendió todo lo que sabía de su madre, que le enseñó a no fiarse de nadie, y menos todavía de aquellos que estaban más en deuda con ellas, esos eran los peores, ya que la mayoría de ellos se sentían comprometidos por dichos favores, y eso les incomodaba mucho.
Judith había crecido y se había convertido en un ángel de belleza endemoniada, con un cuerpo hecho para el pecado, y una personalidad digna del mismísimo Luzbel, el ángel que osó enfrentarse a Dios. Aunque vivía sola, nunca un hombre intentó poseerla contra su voluntad. Todos temían sus maldiciones, y además, si pagaban ella no ponía ningún problema, por muy desagraciado que fuese el postor.
A parte de las chismosas del pueblo, el peor enemigo de Judith era justamente el párroco del pueblo, el que ahora venía a buscar su ayuda. Él tenía, más o menos, la edad de Judith, ambos rondaban la treintena. Era el cerebro más privilegiado en aquel pueblo de ignorantes supersticiosos. A pesar de su inteligencia, aquejaba de un defecto importante: él mismo provenía de una familia de ignorantes supersticiosos, por lo que había heredado esa intolerancia irracional a todo aquello que se escapase del camino cristiano.
Pero Judith sabía que aquel párroco la amaba tanto como la odiaba, lo veía en sus ojos, ora ardientes de ira, ora brillantes de pasión. Y Judith también sentía algo especial hacia aquel hombre que nunca sería suyo, pues pertenecía a aquel Dios cruel y vengativo.
Cuando la mujer acabó de recoger sus medicinas, se dirigió a la puerta:

- Me tiene que llevar en su caballo. Yo no tengo.
- Está bien.

Ambos subieron al caballo del cura. Éste espoleó a su montura que rápidamente se puso al galope. La chica se aferró con fuerza a la cintura del hombre, mientras apoyaba su cabeza contra la espalda de éste. El cura no pudo evitar sentir una oleada de excitación, que intentó vencer jaleando a su corcel con energía. Cuando llegaron a la entrada del pueblo, el párroco bajó la marcha del caballo, evitando llamar la atención de los vecinos. No quería que nadie se enterara que la bruja había entrado en su casa. Llegaron a la casa y él ayudó a ella a bajar de la montura. Ambos vivieron otro momento de tensión cuando él la cogió firmemente con ambos brazos. Sentir bajo sus manos aquella cintura tan sensual le provocó una excitación involuntaria y una gran vergüenza, se ruborizó; Judith se dio cuenta pero no dijo nada, no le gustaba jugar con los sentimientos interiores de aquel hombre.
Entraron en la casa y fueron directos a la habitación de la mujer, la que normalmente queda para la ama de llaves. Ninguna mujer podía cuidar mejor del cura que su propia madre, al menos esto era lo que ella pensaba, así que el mismo día que su hijo se convirtió en el párroco del pueblo, ambos se mudaron a la casa del difunto cura. La anterior ama de llaves, se volvió a su antigua casa, con la herencia del viejo, y no tardó en formar una familia aunque ya estaba en edad de vestir santos.
La habitación olía a enfermedad. Judith se dirigió sin decir nada hacia la mujer agonizante. Le tomó el pulso de su muñeca, y luego le puso el reverso de su mano sobre la frente para comprobar la temperatura. Tenía un pulso muy débil y le ardía la frente.

- ¿Tienen bañera?
- Sí
- Ayúdeme a llevar a su madre a la bañera, vamos a bajarle la fiebre con agua fría. Usted se quedará junto a su madre, y yo iré a la cocina a hacerle una infusión con mis hierbas. Si quiere puede rezar, su Dios no ayudará mucho pero tampoco creo que moleste.
- Aunque tú no lo creas, el señor está en esta casa. Él decidirá si mi madre se queda conmigo o, por el contrario, ha llegado el momento de que ella vaya junto a Él.
- Entonces no sé para qué me ha ido a buscar – tal como decía estas palabras, Judith ya se estaba arrepintiendo de ellas, no era su intención herir a aquel hombre con sus sarcasmos.

El cura calló mientras echaba una mirada de resignación a la chica.
Entre ambos asieron a la enferma y la llevaron en volandas a la bañera. La anciana era más ligera que una pluma, consumida por la enfermedad. Ni siquiera se quejó del agua fría con la que llenaron la bañera.
Judith dejó al párroco con su madre y se fue a la cocina a hervir agua para hacer la infusión de hierbas. Era la única en el pueblo que conocía todos los ingredientes de dicha infusión, cuya receta había pasado de generación en generación entre las mujeres de su familia, hasta llegar a ella. Cuando volvió a la habitación con la infusión, encontró al hombre sentado junto a la madre, aferrando con una mano un rosario, y, con la otra, la arrugada mano izquierda de la enferma.

- Incorpórela. Tenemos que conseguir que beba esta infusión poco a poco.
- ¿No estará muy caliente?
- Se debe tomar así.

En su estado de semi-inconsciencia fue tarea difícil darle de beber la infusión, pero lo lograron. Ya sólo quedaba esperar. La bruja y el cura se fueron a esperar junto al hogar de la casa. El fuego crepitaba alegremente, y los dos se quedaron hipnotizados mirando las llamas.

- ¿Has hecho alguna vez un aquelarre? – preguntó repentinamente el párroco.

Ella lo miró sorprendido. Nunca hubiera pensado que aquel hombre fuera suficientemente valiente para hacer una pregunta tan directa e impertinente.

- Sí, lo he hecho.
- ¿Y has yacido con el Maligno?

Judith volvió a mirar al cura, esta vez con cara de ofendida.

- Pero bueno, ¿qué cree que se hace en un aquelarre?
- Bueno, de todos es sabido que es una ceremonia en la que invocáis a Satán y todas las brujas congregadas realizan una orgía con él.
- ¿Y quién le ha contado semejante barbaridad?
- ¿No es verdad?
- ¡Claro que no!. De acuerdo que un aquelarre es una ceremonia pagana, pero no invocamos ningún ente maligno. Es un acto de unión con la naturaleza, a la que nosotros consideramos nuestra verdadera diosa.
- Pero sólo hay un único Dios, el creador de la naturaleza y de nosotros mismos. Vuestra ceremonia es un acto blasfemo, lo mires como lo mires.
- ¿Por qué su religión es tan intolerante? ¿Por qué no pueden respetar las creencias de los demás? Yo no creo en su Dios, y sin embargo no por ello le deseo mal alguno.
- ¿Cómo no puedes creer en el Dios verdadero? No entiendo como una mujer tan inteligente como tú se puede haber convertido en una apóstata que reniega de Dios. Nuestro deber es mostrar el camino a las ovejas descarriadas como tú. El camino de la fe, las enseñanzas de las Santas Escrituras.
- Vuestras Santas Escrituras no son más que cuentos creados para subyugar la voluntad del populacho. Sin embargo yo sí creo en algo palpable, creo en la tierra, en las montañas, en los bosques, en el cielo, en el sol y en la luna, en la lluvia y el fuego. Creo en la fertilidad que produce la vida, y en el amor que mueve el mundo.
- Dios es amor.
- Y Dios también es odio y venganza. Vuestro Dios está hecho a imagen y semejanza del hombre….

El cura desató su ira con una bofetada sobre la cara de la mujer.

- ¡Calla ya, maldita bruja!

El grito histérico del párroco hubiera podido ser oído fuera de la casa pero, por suerte, no había vecinos cerca, a excepción de los que dormían en el camposanto. La mujer calló y miró desafiante a los ojos del cura, que no pudo más que bajar la mirada lleno de vergüenza. Hubiera deseado poder pedir perdón. Hubiera deseado no haber hecho lo que había hecho, pero hecho estaba. El párroco esperó que en cualquier momento ella se levantara y marchase, pero Judith se quedó allí.

- ¿Quieres saber lo que hacemos en los aquelarres?

El cura advirtió que Judith le estaba tuteando, y contestó alzando levemente la mirada en dirección a ella, pero sin decir nada.

- Nos juntamos las curanderas de una zona, que nos conocemos de toda la vida. Nosotras preferimos llamarnos curanderas, aunque vosotros nos llamáis brujas. No adoramos a ningún diablo ni tonterías por el estilo. Pero sí es verdad que nos juntamos una vez al año, la noche del solsticio de verano, para rendir culto a la madre naturaleza tal como hacían nuestros ancestros. Comemos hongos que nos producen alucinaciones y bailamos en estado de trance alrededor del fuego hasta caer extenuadas. Esta tradición ya era vieja cuando aún no se había escrito ni un solo reglón de vuestras Sagradas Escrituras. Tampoco buscamos la perdición de la gente, al contrario, ayudamos cuando alguien nos lo pide, sin tener en cuenta su condición, ni tan solo si se trata de alguien que nos querría ver ardiendo bajo un fuego de purificación. ¿Me crees o prefieres seguir juzgándome por las patrañas que lanzan las lenguas viperinas?
- ¿Y por qué hechizas a los hombres para que eviten a sus mujeres?
- ¡Yo no hechizo a nadie!. Vienen ellos a su voluntad. Es una cuestión de supervivencia. Si me prostituyo consigo ganar aliados que me prefieren viva, y además me pagan, y eso me da de comer. No sólo de hechizos vive una bruja.

El cura, ahora sí, miró a los ojos de Judith. Ella mostraba una sonrisa sarcástica que él no supo cómo interpretar.

- No te confundas cura, no he olvidado tu golpe, aunque lo perdono, tal como hacía tu mesías, perdonar, ¿te acuerdas?. Sólo que él ponía la otra mejilla, y yo eso nunca lo haré. La próxima vez que me pegues te mataré, tenlo por seguro. Ni siquiera tu Dios te salvaría.
- ¿Por qué me has explicado todo esto?
- Eres la única persona en este maldito pueblo que tiene inteligencia suficiente para entenderme. Además, eres la única persona que necesito que me entienda, la única que respeto de verdad, aunque a veces te comportes como un auténtico cabrito.

Ambos quedaron de nuevo en silencio, hasta que Judith habló de nuevo, esta vez en un tono más suave, casi maternal.

- ¿Te acuerdas de la última vez que alguien te dió un abrazo?

El cura se quedó sorprendido ante esa pregunta. En un principio le pareció algo absurdo, pero no tardó en darse cuenta que no recordaba si alguna vez había abrazado a alguien.

- ¿A dónde quieres ir a parar?
- Responde, cura.
- No me acuerdo. De todos modos estoy seguro que alguna vez habré abrazado algún feligrés que necesitase de consuelo.
- ¿Seguro?
- Bueno, no, no lo sé.
- ¿Y te acuerdas del último abrazo con tu madre?
- No.
- Déjame abrazarte.
- No puedo dejarte - el cura sintió pánico a que la bruja lo hechizara.
- Me debes un favor, y no quiero tu dinero, quiero darte un abrazo. Ten por seguro que no intentaré hechizarte para fornicar contigo.
- Sólo un abrazo.
- Uno sólo.

Ambos se levantaron y Judith, lentamente, rodeó con sus brazos al párroco. Si algún vecino hubiese visto la escena, al día siguiente Judith habría ardido en la hoguera, pero no había nadie excepto ellos dos.
Judith rodeó con sus brazos al párroco y lo apretó fuertemente contra su cuerpo. Al momento, él sintió que una gran tensión se liberaba de su cuerpo, como absorbida por el cuerpo de Judith. La sensación de alivio era tan grande que el cura se sorprendió llorando desconsoladamente mientras todo su cuerpo temblaba. Ninguno de los dos hubiera podido decir cuánto tiempo permanecieron abrazados; en un determinado momento, el cura dejó de llorar, su cuerpo dejó de temblar encontrando una paz que jamás había conocido, y hombre y mujer se separaron.
Sólo había sido un abrazo, uno sólo, pero había bastado para cambiar por siempre algo en lo más profundo del corazón del cura. Entonces Judith habló.

- Ahora tú seguirás tu camino y yo el mío, es lo que el destino nos ha marcado.
- ¿Por qué me has ayudado?
- Porque algún día tú podrás devolverme el favor; en ese momento deberás decidir si arriesgar tu vida por salvar la mía, o mirar hacia otro lado mientras el populacho me lincha en el nombre de tu Dios. Puedes dar por hecho que ese día llegará, más pronto que tarde.

El párroco notó como de nuevo su rostro se llenaba de lágrimas. De algún modo sabía que cuando ese momento llegase él no estaría a la altura, no se atrevería a defender a la bruja de la ira de los ignorantes...aunque quizás habría una remota oportunidad para que él se rebelase contra su naturaleza. A veces los caminos del señor son misteriosos.
Una voz surgió desde la habitación donde reposaba la madre del párroco.

- Hijo mío, ¿estás ahí?
- Judith miró con sus bellos ojos verdes a los ojos del párroco, llevándose un dedo índice a los labios, mientras silenciosamente se marchaba de la casa.
- Ya voy, madre. ¿Cómo te encuentras?
- Mucho mejor, gracias a Dios. Creí que había llegado mi hora, pero al final el Señor escogió que me quedara para cuidarte un poco más.

El cura pensó que, efectivamente, el Señor lo había querido así, pero también podía ser que al Señor le diese completamente igual. Rápidamente borró ese pensamiento de la cabeza y fue raudo a la habitación de su madre.

Judith salió de la casa justo en el momento en que despuntaba el alba. El sol le daba los buenos días. Tomó una buena bocanada de aire fresco que fue liberando poco a poco para relajarse. Había estado a punto de cometer un error muy grave, pero consiguió ser suficientemente fuerte como para evitarlo a tiempo, no debía enamorarse de nadie, y menos de un cura. Con esos pensamientos se puso en marcha de vuelta a su casa. Tenía un largo camino a pie por delante.

2 comentaris:

Miguel Emele ha dit...

Hola, Wambas. Se lee muy bien y con un gran interés. A mí me ha parecido corto. Un abrazo.

Wambas ha dit...

Gracias Miguel. El próximo lo haré el doble de grande, bueno no, es broma :)

Un abrazo

Licencia de Autor