dissabte, 2 de gener de 2016

Año nuevo

Lo primero que hice esta mañana, uno de enero, fue ir a buscar a mi pequeña. La saqué de su cama y me la llevé en brazos a la nuestra. ¡Qué mejor comienzo para un nuevo año que desperezarnos los tres juntos en la cama!
Si no queréis complicaros la vida, no paséis por la balanza, en caso contrario seguir mi ejemplo. Después de esa experiencia entenderéis lo que hice yo a continuación: un desayuno frugal y vestirme para salir a realizar un entrenamiento "suave". Apuntad: dos vasos de agua en ayuno, una cucharada de miel con jalea, un vaso de leche con Nesquik. Eso es un desayuno frugal para mí. Entrenamiento suave son cuatro kilómetros de trote cochinero por el barrio, dejándome el higadillo y resoplando como un búfalo en celo. Sí, la vida del fofisano es dura. Después de unos breves estiramientos y subir seis pisos de escaleras, dejé para otro día las flexiones.
Al menos conseguí cumplir mis primeros objetivos del año nuevo. Tras este comienzo espartano, decidí relajarme un poco con una ducha caliente y rapiñando unos barquillos de chocolate que sobraron de la cena de Nochevieja. Mejor olvidad eso de los barquillos, no vayáis a pensar que por una necesidad vital de azúcar tras mi esfuerzo titánico había tirado a la basura todo el trabajo realizado. Realmente eso sucedió una hora más tarde, en la comida de Año Nuevo, después de caminar tres kilómetros más para llegar a casa de los suegros. Vermut, canelones y una abundante fuente de turrones, una tentación demasiado grande como para negarse a despedir los excesos navideños como es debido.
No hubo tiempo para arrepentimientos, estuve muy ocupado viendo por enésima vez Titanic, esta vez con mi hija, que durmió las primeras dos horas y luego, ya despierta, vivió con gran interés el desenlace de la película, aunque sin derramar ninguna lágrima al ver sumergirse en las aguas del Atlántico el cadáver del bueno de Jack Dawson, tal y como hice yo la primera vez que vi la película. Aún no ha desarrollado su vena sensible del todo.
Ya de noche regresamos a casa, con una breve parada en la iglesia de Sant Pacià. Nunca había entrado, es preciosa. Tras admirar el pesebre del altar, escuchar un poco la misa cantada y poner un cirio a petición de Laia, seguimos el camino a casa. Las calles estaban prácticamente vacías, típica tarde de Año Nuevo.
Por fin en el hogar, la tarea cotidiana de bañar la niña, cenar y ver alguna película, en este caso dos: El imperio contrataca y Strange Magic. Ambas a petición de Laia, que después de una siesta de dos horas, no se duerme ni jarta de vino, no es que lo hayamos probado, claro, pero seguro que así sería.
Para no dormirme me he puesto a escribir, para que el que quiera curiosear un poco sepa cómo he pasado mi primer día del 2016.
Mañana seguiremos con el plan de año nuevo vida nueva. A ver si consigo superar las tentaciones, esta vez.

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